Robarse todo el petróleo de Venezuela, la principal reserva del mundo, era una «determinación absoluta» para la que había que invertir los millones, las armas y las bombas que hicieran falta, sin importar el asesinato con alevosía de más de 80 personas, y que solo en Caracas se registraran más de 90 heridos.
El neofascista Marco Rubio, engendro nazi, resultado de la metamorfosis de la mafia terrorista anticubana de Miami, encabezó el último plan en el Gobierno de Trump para derrocar a Maduro, con el apoyo, durante todo el otoño, de Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional del Presidente, y de John Ratcliffe, director de la CIA, según informó The New York Times.
Nadie le puede arrebatar el protagonismo en el plan genocida que tiene un historial, mucho más largo, de alianzas dentro y fuera de EE. UU. con extremistas, golpistas, estrategas de la tortura y el magnicidio.
El show mediático complementario de la operación intervencionista ha revelado fotos en las que aparecen Trump, Marco Rubio y otros halcones dirigiendo personalmente el operativo, que muchos han calificado como crímenes de guerra y violación flagrante de la Carta de la ONU, como el propio Consejo de Seguridad.
El zarpazo fue precedido de 28 semanas de agresiones, bloqueo militar, bombardeos a decenas de embarcaciones, que provocaron gran cantidad de muertos, secuestro de barcos petroleros y asedio con portaviones, submarinos nucleares, acorazados; y la activación de viejas y nuevas bases militares en países de la región, presionados o chantajeados.
Además del interés económico de apoderarse del petróleo, y de convertir al país en una neocolonia de Washington para saquear sus riquezas, buscaban otros objetivos estratégicos: secuestrar al heredero del Comandante Chávez, el líder del país promotor de la integración y la paz regional; matar a Bolívar y sus ideales independentistas en pleno siglo XXI; humillar a quienes piensan y viven por sus pueblos, sus sentimientos de libertad, de paz, la soberanía, la igualdad y el respeto al Derecho Internacional. Una prueba de fuerza sin precedentes y un desafío total al mundo civilizado.
La venganza y la alevosía eran órdenes de la Casa Blanca a los más de 200 efectivos de fuerzas especiales rigurosamente entrenadas, con apoyo de todas las agencias de la Comunidad de Inteligencia y amplio dispositivo militar para bombardear, matar, acribillar, amedrentar, pulverizar instalaciones y personas con misiles, drones, granadas y ametralladoras pesadas.
Hasta ahora, ha salido a la luz el empleo de más de 150 aeronaves que despegaron desde unas 20 bases del hemisferio occidental, entre ellas cazas f-35 y f-22, bombarderos b-1, drones, aviones cisterna y plataformas de guerra electrónica.
Pero el centro de la operación lo ha tenido, desde hace meses, la superlativa concentración militar que reúne en las cercanías de Venezuela un portaaviones; dos cruceros de misiles guiados; cinco destructores de misiles guiados, y dos submarinos de ataque de propulsión nuclear. Además de otras fuerzas anfibias.
Se trata de la alta tecnología de la destrucción masiva de la OTAN, puesta en función de un secuestro, de un gran robo y de una «lección» intimidatoria para el mundo entero, con fuerzas letales e inteligencia artificial para, en corto tiempo, matar en todas direcciones, a sangre fría, sin escatimar calibres, ni cantidad de proyectiles, drones o misiles contra un ser humano.
Desproporción, matonismo, insensibilidad y fascismo, presentados como si se tratara de un ciberjuego, y a los protagonistas como autores del rapto perfecto. Al mismo tiempo, altos jefes del Pentágono y exasesores de Trump de origen latino narran a los medios, sin escrúpulos, los pormenores de la barbarie.


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Jose Braulio pupo Romero dijo:
1
7 de enero de 2026
15:05:18
Simon Gilmore Respondió:
7 de enero de 2026
22:53:07
Lorenzoa dijo:
2
7 de enero de 2026
20:00:49
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