Habría que preguntarse qué entiende el imperio estadounidense por Estado fallido, con el cual enfermizamente tilda a Cuba.
¿Puede un Estado fallido tener un sistema de educación de referencia en el mundo entero? ¿Contar con una Salud Pública, reconocida en todo el planeta, capaz de garantizar el bienestar de su población y el de otros pueblos? ¿Acaso ese ente enfrentaría una pandemia como la de la covid-19, poniendo a disposición vacunas generadas en tiempo récord?
¿Un país en esas condiciones podría contar con un arsenal científico productor de esos fármacos, estar a la vanguardia en la lucha por la vida de sus ciudadanos y de los del mundo, a partir de una certera y eximia labor de ciencia e innovación?
¿Tendría excepcionales exponentes del arte? Hablamos de la música, de una excelsa compañía de danza, como el Ballet Nacional de Cuba, o de poetas y escritores que han liderado el pensamiento intelectual de su país. ¿Podría ser una potencia deportiva, con títulos olímpicos y mundiales en más de 15 disciplinas?
Una cosa es Estado fallido y otra es querer que ese Estado falle como proyecto económico-social. A una pequeña Isla de apenas poco más de 110 000 kilómetros cuadrados, de aproximadamente diez millones de habitantes, con una economía dependiente, el imperio más poderoso de la historia de la humanidad le ha tirado con todo para hacerla fallar.
A ese poder, que se asienta en un territorio de 9 867 675 kilómetros cuadrados, con una población de más de 340 millones; y que, por demás, es la economía que imprime la moneda de cambio en el mundo, debería darle vergüenza tal ignominia.
Para hacerlo fallar, el mismo que así lo etiqueta ha pasado por invasión militar en 1961 (Playa Girón) y luego Operación Mangosta, en el mismo año, con 32 tareas: 13 económicas, seis políticas, cinco militares, cuatro de inteligencia y cuatro de guerra sicológica, a las que se les agregaría la biológica, utilizando un agente químico para afectar la vista de los macheteros y sabotear la zafra azucarera; también ha acudido a la bacteriológica, al introducir la roya de la caña en 1978, la fiebre porcina africana entre 1971 y 1980, el moho azul del tabaco en 1980, el dengue hemorrágico y la conjuntivitis hemorrágica, en 1981.
Hoy mantiene la letal presión del bloqueo económico, comercial y financiero más largo y genocida de la historia, recrudecido por la actual administración, en el que incluye la histérica persecución de las finanzas de Cuba, el implacable cerco para que no le llegue una gota de combustible, y la inclusión en la espuria y arbitraria lista de países patrocinadores del terrorismo, lo que refuerza la condición de riesgo país para el comercio.
Ahora, además de persistir en todas esas líneas, en las que la mentira, la guerra mediática y el odio son otros de sus componentes, acrecienta la guerra sicológica, como lo acaba de hacer su propio emperador al responder qué pasaría con Cuba tras la artera agresión a Venezuela, que desencadenó el secuestro de su Presidente constitucional y de su esposa, el pasado 3 de enero. «Cuba está a punto de caer, su economía está en la ruina, y ya no tendrá acceso al petróleo venezolano. No sé cómo van a poder mantenerse», dijo Donald Trump.
Ese, más que la cacareada alusión de Estado fallido, es su estado de deseo, largamente frustrado porque el cubano es un pueblo que resiste, se reinventa y vence cada vez que amanece el día. Lo hace en medio de esa guerra económica que, como el memorando de Lester Mallory, subsecretario de Estado, de 1960, persigue crear desesperación, caos y hambre en la Mayor de las Antillas.
Por hacernos fallar, el bloqueo y todas las artimañas de juego sucio del Gobierno de Estados Unidos, Cuba sufre hoy un deterioro de su sistema energético que lacera todos los procesos económicos y sociales de la nación, desde la producción de alimentos hasta la industrial, lo cual tensa la vida en los hogares del país. Con ese mismo propósito llegaron hasta el crimen de negar, en plena pandemia de la covid-19, el oxígeno que salvaba vidas.
Sin embargo, Cuba está de pie y combatiendo; claro que se resiente por la prosperidad que el Gobierno imperial le roba cada día. Pero, a pesar de toda su vil hostilidad y de su poderío, no ha podido hacerla fallar; y eso le retuerce el hígado, le da espasmos políticos. La razón es que no hay un vacío de poder, elemento que fijaría la condición de Estado fallido. Sabe bien el que adversa que el Partido, el Estado y el Gobierno, junto a su bastión más erguido, que es su pueblo, no ceja en encontrar soluciones; y eso lo asusta más todavía.
Hace cuatro años, el colega Michel Torres, en estas mismas páginas, citaba al politólogo canadiense Kalevi Holsti, quien definió el Estado fallido como aquel que carece de la «capacidad de generar lealtad». Mala noticia para el imperio fascista, porque a los cubanos y a su Estado les sobra ese atributo, asentado en la fuerza de su unidad.


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Barbaro dijo:
1
7 de enero de 2026
02:27:54
vv dijo:
2
7 de enero de 2026
12:16:07
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