ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La Revolución Cubana significa, ante todo, la persistencia de un proyecto de soberanía y justicia social en medio de un escenario de desafíos extraordinarios. Como definió el Che, es una de esas revoluciones verdaderas, que navega en mares inquietos, enfrentando tempestades y el acoso implacable de quienes jamás perdonaron la osadía de construir una obra con los humildes y para los humildes.

Después de 65 años, sigue aquí, imperfecta pero autóctona, vilipendiada y bloqueada hasta el cansancio, pero nunca arrodillada. Su mera existencia es un acto de resistencia contra un orden que durante siglos excluyó la palabra «pueblo» de sus planes.

Este significado se forja en la dificultad. Son tiempos duros donde duele la penumbra, las carencias y esas noches largas en que parece alejarse el amanecer. Un revolucionario no puede ser feliz si no le arde en la piel el escozor de las privaciones y no siente, en el más estricto sentido guevariano, cualquier pena ajena como propia.

La Revolución es verdadera no solo si se triunfa o se muere, sino también si se sufre y se estremece cuando la obra no florece como se anhela. Por eso, el legado exige ser insatisfechos, tan insatisfechos como Fidel, tan inconformes como Raúl, sin refugiarse en el fondo de la trinchera con el egoísta consuelo de que la metralla solo golpea a otros.

La fuerza para enfrentar este momento histórico emana del pueblo extraordinario que la sostiene. Un pueblo capaz de preservar la esperanza y salvarla de todos los demonios, con la tenacidad de aquellos héroes que cubren con su cuerpo herido la bandera que han jurado defender. Ese pueblo sigue en el ojo de la tormenta, con las rodillas en tierra, pero con una dignidad inquebrantable.

Aunque hoy no sea posible darle todo lo que merece y necesita, hay algo que sí se le puede ofrecer: la certeza de que nada es más importante que salir adelante juntos, y que sobre los planes oscuros de quienes auguran la desgracia, se levantará otra vez la prosperidad que todos merecen.

A las puertas del centenario del Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, su advertencia de enero de 1959 resuena con fuerza: «No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo será más difícil».

La Revolución es, precisamente, sentido del momento histórico. Su legado es inseparable de la fusión entre la base ética martiana –el llamado a la «segunda independencia» y el «con todos y para el bien de todos»– y la acción revolucionaria fidelista que encarnó la voluntad férrea de defender la soberanía mediante la unidad y la resistencia. Este núcleo ideológico sigue definiendo su identidad.

Por tanto, el gran significado y desafío contemporáneo es representar, en un mundo complejo, esas ideas de dignidad y soberanía. Esto implica defender el derecho a un sistema político propio frente a una hostilidad persistente, mientras se construye un modelo económico y social sostenible. La batalla por preservar las conquistas en salud, educación y cultura es tan crucial como la búsqueda de eficiencia y desarrollo.

Para superar la actual coyuntura, Cuba debe recurrir a su mayor capital: la unidad, la creatividad colectiva y la confianza en su capacidad de resistencia. El camino es arduo, pero la convicción de que la dignidad no es negociable y la fe en el trabajo unido son el faro para navegar, una vez más, preservando la independencia y continuando la obra.

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