Desde niña me enseñaron entre familia sociedad y maestros que no se traiciona, que no se falsean a conveniencia los principios, y que no se abandona aquello en lo que se cree sinceramente, solo porque otro camino puede ser más simple, exento de avatares y contradicciones.
Por eso ha sido esa una bandera que jamás he arriado, y, sinceramente, me siento profundamente orgullosa de eso. No me precio de hacerlo, ni me considero por ello digna de admirar o ejemplo a seguir; solo soy una persona que, por libre y espontánea voluntad decidió que, te entiendan o no, te juzguen o no, soplen vientos malos o buenos, es nuestra lealtad lo más cierto y seguro que tenemos. Es el puntal al que nos asimos con toda la fuerza posible cuando suben las mareas de la desidia y el oportunismo.
No es simple la lealtad, al menos en estos tiempos, en los que hay quien, de pronto, se ha cambiado la piel y quien se pone indistintamente la piel que le conviene. Peor aun es quien dice llevar tu misma piel, pero está dispuesto a lincharte sin piedad desde su «extrema» versión de lo «correcto», que desconoce los claroscuros de la vida y que, a la larga, se pierde en un limbo egocentrista que deja malparadas sus «posturas».
He aprendido que no siempre es más leal el que más lo vocifera. A veces desde el silencio se hace tanto, y se hace porque quien tiene certeza absoluta del camino que eligió no necesita demasiados vítores. Hace lo correcto, por lo menos lo que cree correcto, sin estar exento de los errores humanos.
Pero hace falta mucho corazón para eso, hace falta mucha seguridad, hace falta mucha confianza y mucho poder de decisión. Será por eso que conozco tantos necios de alma y corazón, no por ignorantes sino por abrazar su causa sin vacilaciones ni pretextos.
La lealtad es una elección que, de ser cierta no admite renuncias ni flaquezas, mucho menos cuando se amenaza lo que amas, lo que consideras justo. No se negocia, no se cambia, no se corrompe con el tal vez, o el quizás.
Y no, no se trata de una obstinada militancia, se trata de un convencimiento real y profundo que impide traicionar. Es también una certeza que se hace acompañar de entrega, y que, sin embargo, no renuncia a la búsqueda de un mañana mejor, no se conforma con lo hecho si puede hacer más.
Claro, habrá quien no entienda de qué hablo, habrá quien se diga que nada en este texto le compete, y habrá quien diga que para qué ser leal, si vendiendo sus valores al mejor postor se le hace más fácil la vida. Habrá incluso quien diera todo hoy por volver al camino que dejó, quien ha sentido en carne propia el peso de mancillar lo que un día condujo sus pasos, y tal vez no lo diga por orgullo o porque ya no tiene solución posible.
Pero habrá, por otra parte, quien entienda que la lealtad es en estos tiempos tan valiosa como el oro, y mirará de cerca y con más admiración a los que no han renunciado nunca a su verdad, han vivido por ella y por ella están dispuestos a morir.
Si no fuera por esa lealtad inconmensurable, estoica a veces, no dejo de preguntarme cada día, tras un simple vistazo al mundo circundante, ¿qué sería de nosotros?


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