El surco es como las alturas: si miras al final estás perdida. Lo mejor es ir palmo a palmo y recordar aquel dicho materno contra las ansiedades: «Vísteme despacio que voy deprisa».
Yerba mala tras yerba mala, se va despejando el surco. No sin que antes se estropeen los zapatos inadecuados para el trance, las hormigas se ceben en el tobillo inocentemente descubierto, se quiebren par de uñas y las manos se coloreen de tierra sana, húmeda, roja.
El surco no se regala así como si nada, cuesta dolor en la cintura y alguna que otra yerba buena arrancada por error y vuelta a sembrar lo mejor que se puede. Y cuesta sudor y hambre y falta de sueño.
Lo que el surco da es a cambio de trabajo: la satisfacción cuando miras hacia atrás (ahí sí se vale mirar) y te regocijas de su extensión limpia, desyerbada, prometiendo cosecha.
Ir allí, al surco, al campo, es para unos la aventura intrascendente; para otros, la formalidad de entrar en una lista; pero es también la emoción con que alguien recuerda sus tiempos de beca, cuando se caminaba y se caminaba para ir a atender las matas de aguacate, y para ver al muchacho lindo del pre vecino. O la vez aquella en que un caballo se tomó el jugo de guayaba de la merienda, dejado sin vigilancia en plena guardarraya.
El surco implica, para otros tantos, un deber inexcusable: el honor de no dejar la responsabilidad de la comida de todos en las manos de unos pocos; y la certeza de que son los menos quienes están impedidos de sacarle provecho a la tierra.
Para quien tiene su trabajo en la ciudad, en la oficina, lejos del surco, visitarlo, luchar con él, es esencialmente una lección de humildad: ¿quién puede vivir sin comer?, ¿quién está dispuesto a ponerle el cuerpo a la madrugada, la piel al sol, la cintura al desbroce, no uno, sino todos los días del año? Hay que reverenciar a quien tiene en ese su oficio.
Y hay que volver al surco cuando nos llamen, porque hace falta y porque nos hace falta, sobre todo el sentimiento de utilidad; y ese pensamiento a la vuelta, cuando la inmensidad rojiverde es diminuta en el espejo retrovisor: el surco es infinito si, al inicio, sola, te atreves a mirar, pero el horizonte anda cerca cuando muchas manos se ponen a buscarlo.


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EDUARDO dijo:
1
9 de junio de 2025
16:37:26
Humberto dijo:
2
18 de septiembre de 2025
15:45:39
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