Lo que verdaderamente resultó insólito no es siquiera la inadmisible estampa en la que aquel hombre agrupaba, casi con concentración mecánica, los cebollinos tirados pavorosamente en la acera, para convertirlos en mazos; sino ver a las personas comprando productos en diversas carretillas concentradas allí, sin que tal insulto, que no es posible mirar de soslayo, les produjera el menor impacto.
No, no fue un mal sueño, ni la historia hace referencia a Dante ni a Kafka. Así, como lo cuento, sobre el pavimento húmedo –huelga decir el uso y la naturaleza de las aceras–, el cebollino era todo un bulto verde que pronto quedaría dosificado para añadirlo al grupo, también sobre el suelo, de los ya amarrados.
Me acerqué, resuelta, pero con cierta sensación de que se me escucharía raro, y apelando a su razonamiento, le pregunté si veía eso normal, si no era posible poner debajo un saco o un cartón, que lo que estaba haciendo era mucho más que irrespetuoso. Me miró con extrañeza y haló el yute más cercano. Le dije otras cosas, que rápidamente captaron la atención de los presentes, los que al instante apoyaron mi reclamo, no solo moviendo la cabeza, sino incluso expresando otros argumentos.
Demasiados problemas vivimos a diario –y tratándose de la alimentación, mucho azotan a la población carencias y abusivos precios– para que, además, algo que puede resolverse con una legítima llamada de atención quede impasible ante nuestros ojos. Exigir respeto y exigírnoslo es un ejercicio que se impone ante la falta de escrúpulo que algunos practican y toman al resto como sus iguales; y puede dar resultado. Lo digo porque pasé por allí en estos días y, sobre un saco extendido, el hombre ataba cebollinos y los convertía en mazos.


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Ana Luz dijo:
1
3 de octubre de 2024
14:58:47
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