ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Un lamentable hecho –ojalá por siempre inusual en el contexto de mi Cuba– ha tenido determinada trascendencia durante la última semana, sobre todo en la provincia donde ocurrió: Ciego de Ávila.

Se trata del asesinato múltiple en la localidad de Ceballos, como consecuencia del cual resultaron víctimas fatales cuatro personas, incluido un niño menor de cuatro años.

Como suele suceder en situaciones así –nada compatibles, recurrentes o típicas de la sociedad cubana–, la rápida y eficaz actuación del Ministerio del Interior permitió detener al autor confeso de tan repudiable hecho, como informó la propia institución armada, en nota difundida por la prensa local, retomada por medios de carácter nacional, como este diario.

El rechazo que, de manera explícita o implícita, ha rodeado al suceso, en la cotidiana o espontánea opinión de miles de ciudadanos, no deja la menor duda acerca del prevaleciente rechazo social ante delitos de tal índole.

En leyes, cada vez más atemperadas al momento histórico concreto y, desde luego, a los principios de la justicia revolucionaria, descansará un veredicto al que, por supuesto, van a estar atentas miles de familias, no solo avileñas.

Al margen de su desagradable repercusión, el caso de Ceballos me deja, o refirma, enseñanzas y claridades.

Una de ellas es que no hay razón para que anide el pánico, teniendo en cuenta que si algo ha distinguido a Cuba durante más de seis décadas –reconocido incluso por quienes nos visitan desde el exterior– es, precisamente, la tranquilidad, la seguridad que reina en nuestras calles, barrios, espacios públicos, asentamientos rurales y ciudades.

Aun así, mucho cuidado, ojo abierto, cero margen para la impunidad, por parte de todos: responsables de garantizar el orden público, organismos y organizaciones que también intervienen en esa tranquilidad, sociedad e instituciones encargadas de hacer cumplir las mismas leyes aprobadas por el pueblo.

Nada ni nadie tiene el más mínimo derecho a poner en riesgo tal conquista: en mi muy personal criterio, la más grande, desde que el año 1959 abrió nuevas cortinas ante los párpados del archipiélago, e incluso del mundo.

Nadie se inquiete o caiga en duda. Con su habitual profesionalidad, la sensibilidad de siempre, el apego a la justicia y la identificación con el pueblo, fiscales, abogados, jueces, testigos, peritos, y todo el que tiene que ver con ese tipo de procesos, obrarán para que, desde el mismísimo autor del crimen, hasta familiares suyos, de las inocentes víctimas, vecinos, sociedad y la jurisprudencia nacional concuerden con una sentencia que no debe alterar, por defecto ni por exceso, el justo rigor que concede o concibe la Ley.

Tal es –también– el sentido o la intención de estos apuntes, cuyo espacio hubiera preferido dedicar a alguna de las mil formas en que lo cubanos tratamos de disfrutar este ardiente verano; a una de las también miles de muestras de solidaridad entre vecinos, a pesar de la difícil situación económica que atravesamos, o a cualquiera de las igualmente numerosas maneras en que nuestros centros penitenciarios influyen sobre quienes han delinquido, para que, luego de cumplir sanción, se inserten útilmente a la sociedad.

Nada de ello debe haber pasado por el razonamiento consciente del autor de tan deleznable hecho en Ceballos. Es una verdadera lástima, muy distante de nuestras más genuinas esencias. Cuba jamás será indiferente ante tal felonía, porque no la tolera su pueblo, ni en el más minúsculo o recóndito punto de la geografía nacional; ni ayer ni hoy. Ni nunca.

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