Lanzo un acertijo: la podemos escuchar a cualquier hora y en cada lugar. Sin llamarla, acude a nuestro encuentro, y quienes la llevan a cuestas –por lo general con exceso de decibeles– parecieran dotados de un poder especial.
Si pensaron en la música urbana de Cuba, acertaron el enigma. Muchas críticas merece por su lenguaje sexista, vulgar, violento, su machismo al desnudo, e incluso por sus innovaciones al léxico y la ortografía. Pero apenas comenzamos a descubrir sus daños a la espiritualidad de la población, agravados para sus exponentes más jóvenes.
Un aspecto poco señalado consiste en cómo la prepotencia presente en la mayoría de esas letras propicia un fenómeno casi imperceptible, pero igual de peligroso: la aceptación, alegre e inconsciente, de la impotencia.
Cuando alguien repite, en una fiesta nocturna o en una calle a pleno día: «Ustedes no cantan más que nosotros» o, muchos años atrás, «A coger la cola», seguramente siente estar varios metros por encima del resto.
Sin embargo, al mismo tiempo legitima la creencia de la superioridad de los cantantes y de su industria y, por contraste, de la inferioridad de un público resignado a una condición subalterna, sin percatarse muchas veces de ella.
¿En qué principios basan su primacía estos creadores? En demasiadas ocasiones sus obras transforman un motivo de marginalidad en una virtud suprema y un referente para sus seguidores, como aquella frase que reza, con altisonancia: «Aquí donde me ven le caigo mal a medio mundo».
El intelectual uruguayo y de Nuestra América, Eduardo Galeano, definió el subdesarrollo como una estructura de la impotencia, creada para impedir a los pueblos y a sus individuos construir con sus propias manos, caminar con sus pies y razonar por su cuenta.
Sin duda, esta música constituye una expresión y una reproductora del subdesarrollo sobreviviente en la Mayor de las Antillas, al margen de los esfuerzos para cultivar una cultura superior durante seis décadas y media desde el triunfo revolucionario.
Lejos de prohibirla, urge fomentar y difundir nuestro arte liberador, como un reto a las ideas y un regalo para el espíritu. Solo así defenderemos la exclusividad del alma como la única encargada de dictar la necesidad de componer y escuchar canciones.
«La cultura es la sonrisa que brilla en todos los lados», aseguró en una de sus piezas antológicas el músico argentino León Gieco. Sin embargo, hoy sufrimos una invasión sonora en cada espacio, como si estuviéramos en presencia de anuncios comerciales con el objetivo de recordarnos nuestra supuesta inferioridad: «Pa llegar a este nivel tienes que nacer de nuevo».


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Eusebio dijo:
1
2 de septiembre de 2024
13:34:25
cubanoquieresaber dijo:
2
7 de septiembre de 2024
16:29:59
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