Todos tenemos mucho que aprender y algo que enseñar. Lo decía mi abuelo, que nunca se leyó la obra del educador Paulo Freire, pero pensaba justamente como él. Las mayores lecciones de sabiduría que he recibido llegaron de personas sencillas: del campesino, entrado en años, que sabe mejor que nadie cuándo y cómo se da la cosecha en sus tierras, o de mi viejo, que apenas venció la enseñanza secundaria y «devoró» decenas de libros en las siete décadas en que saboreó la vida.
Creo, profundamente, en el conocimiento colectivo. En la capacidad para construir, entre todos, el camino hacia una sociedad mejor, y para encontrar soluciones a cada uno de los problemas, pequeños o no tan pequeños, que en ocasiones nos agobian.
Por eso, veo con beneplácito que las universidades se acerquen a las empresas y viceversa. ¡Cuántas soluciones a problemas acuciantes han estado, por años, engavetadas en un resultado de investigación! ¡Cuántos especialistas, formados en nuestras casas de altos estudios, podrían ponerse en función de encontrar caminos para sortear un escollo!
Se precisa conectar al investigador que ha estudiado que un cereal como el sorgo constituye un excelente extensor, con la industria que está parada por déficit de esa materia prima, al campesino que no tiene fertilizantes, con el centro de investigación que elaboró un producto orgánico que contribuye a mejores rendimientos en las cosechas. A veces, las soluciones están ante los ojos, pero se debe cambiar el lente para poder reconocerlas.
Conozco a muchos profesionales valiosos, talentosísimos. Confío en ellos. Confío en la oportunidad de aprender del encumbrado ingeniero y de la sabiduría del anciano de un pueblo. Tengo la certeza de la viabilidad del conocimiento colectivo, ese que se gesta con un poquito del saber de todos.
Aprender a buscar soluciones en las potencialidades endógenas de cada territorio tiene que ser una máxima que nos guíe. En ese empeño, las universidades constituyen un faro. Fidel apostó por un pueblo de ciencia, porque el conocimiento siempre será poder para transformar el mundo. La vida le dio la razón.
Hace apenas unos años, cuando la covid-19 zarandeó al planeta, una isla del Caribe, bloqueada, sin recursos, creó varias vacunas efectivas para salvar a su pueblo. ¿Qué hubiera pasado si, en vez de construir salidas y soluciones propias, se hubiera aguardado por una ayuda internacional que nunca llegó?
Usar una tecnología ya probada y desarrollada en el país para la obtención de los inmunógenos representó un acto de genialidad que encierra, a su vez, hondas reflexiones. A veces solo se puede contar con los recursos que están en la mano. Ese es el punto de partida para buscar los que faltan a golpe de innovación, de inteligencia y conocimiento.
Ningún escollo puede ser superior al que impuso un virus como el sars-cov-2. A ese lo venció la ciencia. A los otros, también. Si Cuba pudo derrotar a una pandemia, ¿qué otra cosa no será capaz de lograr y vencer?.


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