Apenas era una niña flacucha, de pelo rizado, enfermiza, cuando me paseaba por el pueblo, montada a horcajadas sobre los hombros de papá. Desde esa altura me sentía invencible, dotada de una fuerza divina, plácida de alegría y orgullo. Como si me llevara sobre sí unos de los gigantes más encumbrados de mi propio mundo mitológico de fantasías.
Mi padre iba a trabajar en bicicleta, día tras días, hasta el municipio de Camajuaní. Los fines de semana los dedicaba al campo y en la sala de mi casa había una pirámide rústica de sacos de arroz. Me llevaba a la escuela en las mañanas. Disfrutaba ese tramo tomada de su mano. ¡Siempre lo he admirado tanto! Una sola vez en la vida recibí una nalgada suya.
Todos los meses, por una cosa u otra, terminaba con un ciclo de Penicilina indicado por la única pediatra del pueblo en ese entonces. Mi mamá, al cobrar, separaba los 15 pesos que costaba la caja del antibiótico. Como aquello era un bucle temporal interminable, ya conocía al equipo de enfermería del policlínico y hasta los turnos por día y hora.
Esa tarde, cansada de tanto pinchazo necesario, en un acto de infantil rebeldía, decidí esconderme en el escaparate. Estaba tan flaca que cabía sin problemas y con el dedo meñique podía cerrar el pestillo desde adentro. A las tres de la tarde mi familia me buscaba por todos lados. Mientras yo, escondida entre colchas y piezas de ropa, como un pan con perro caliente, creía que podría librarme del pinchazo.
El asunto comenzó a subir de tono. Mi abuela hablaba de posibles secuestros y robos de infantes. Mi mamá no paraba de llorar y mi papá, asustado, dijo que llamaría a la Policía. La desesperación era tal, que decidí salir de mi escondite. Lo hice de pronto, como los conejos del sombrero mágico.
Cuando me vio se sintió aliviado, pero no pasó por alto la travesura. En esa ocasión llegué «anestesiada» a recibir la «picada de mosquito». La enfermera Fortuna, con su cofia de un blanco impóluto, no me tuvo piedad.
Ahora, que he crecido, ya no lo veo tan alto como cuando era la niña que llevaba sobre sus hombros y paseaba por las calles de mi San Antonio de las Vueltas natal, en días de carnavales. Sin embargo, la madurez me ha destapado los ojos. En cada momento se erige inmenso, como un gigante, mi papá.


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