ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Nunca he podido olvidar aquel gesto. Llevaba mi uniforme limpio y un par de moños con sus lazos, tan bien peinados, que sentía que el pelo me jalaba la sien. En el horario de la merienda, mi maestra sentaba a los niños juntos, buscaba una forma, elegante y sutil, de compartir todo entre todos. Había tantas risas, tanta alegría, que solo ahora, a la altura de mis 35 años, comprendo su gran corazón.

Con ella aprendí mucho más que las primeras letras. Guardaba detrás de la puerta del aula un uniforme impecable. Cuando llegaba aquel niño, fruto de una relación familiar compleja, ella, antes de que nadie se percatara, lo vestía, peinaba y perfumaba. Sus alumnos lucían hermosos. Los cuidaba como una gallina a sus pollitos. Eran sus hijos. Con ellos partía el pan y multiplicaba los peces.

Mi escuela parece un castillo dentro de un pueblo pequeño. Los pisos de granito pulido, todo tan ventilado, un patio amplio para jugar.

Crecí en los años 90 y tuve, a pesar de las tensiones económicas, una infancia feliz. Mi papá pasaba los fines de semana sembrando arroz en la costa. Mi ropa la heredé de mi hermana, y jugaba con pomitos de medicina vacíos, los cuales vestía con retazos de tela. Aunque suene paradójico, en esos días besaba la felicidad.

Mi abuela compartía con los vecinos sus inventos culinarios. En ese entonces era su mensajera. Iba de casa en casa, llevaba un plato de caldo y traía un huevo de regreso o una latica con sal. Con ella aprendí que de las crisis se sale entre todos, compartiendo lo mucho y lo poco.

La historia, tan compleja como caprichosa, vuelve sobre sus pasos, para recordarnos que las preguntas del presente ya se respondieron en el pasado, y que si logras comprenderlas cabalmente, podrás caminar confiado hacia el futuro.

Jamás imaginé vivir una pandemia. Sentir miedo paralizante. Decir adiós a personas valiosas. Escuchar el coro de tos en mi edificio. Implorar la protección divina. Aplaudir a las nueve de la noche.

Juntos creamos las vacunas que nos salvaron, organizamos una campaña de vacunación masiva. Juntos sentimos el orgullo explotar en el medio del pecho cuando, al fin, nos volvimos a encontrar. Si pudimos vencer a un virus que doblegó al mundo, ¿cuánto más podremos lograr?

Cuando pienso en estos últimos tiempos, no me enfoco en lo que hemos pasado, sino en todo lo que hemos vencido. Somos unos sobrevivientes.

Ahora los retos siguen siendo inmensos. Hacer florecer la economía y maniatar la inflación parecen desafíos al estilo de los enfrentados por Hércules. En medio de carencias de todo tipo, precisamos activar la inteligencia colectiva para salir de la crisis tomados de las manos.

En ese empeño, el mayor capital con el que contamos es nuestra gente. Habrá que ir a las universidades, consultar la sabiduría popular, idear, de conjunto, formas inteligentes y justas de abordar la vulnerabilidad en los momentos actuales, y trazar políticas que cuiden a quienes más lo necesiten, para que nadie quede atrás.

Las respuestas esenciales para comprender el presente y construir el futuro siempre las encuentro en el pasado. Me remonto al horario del recreo, a mi escuela de primaria, y vuelvo a ser esa niña que revoloteaba junto a sus amigos, mientras la maestra enseñaba cosas más importantes que aprender a multiplicar.

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