ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Abres los ojos y no tienes idea de qué hora del día es. ¿Amaneció? ¿Está atardeciendo? Solo dura unos segundos esa desubicación tan ajena en la convulsa adultez y tan frecuente en los años de adolescencia, cuando se podía tomar una siesta en cualquier momento y con la mente en paz.

Recuerdas que te acostaste a dormir al niño un ratico por la tarde. Él tiene que hacer reposo, lo indicó el médico, pero no es nada grave. Privilegio saberlo sano. Privilegio cuidarlo.

Y tú te quedaste dormida, durmiéndolo. Te duele la garganta, terriblemente, la piel te arde, pero tampoco es grave. Miras trabajar en la computadora al hombre que vela tu sueño. Te sonríe. «Estabas muerta de cansancio, eh». Haces un poco de mímica y entiende que necesitas el agua y las pastillas. Privilegio ser cuidada.

Tomas el teléfono y hay varios chats desde los que te preguntan cómo está tu hijo, que dijo el doctor, cómo se porta. Privilegio la amistad y el compañerismo.

Escuchas un audio donde tu hija canta y el corazón, algodón de azúcar, se empieza a derretir. Privilegio extrañar, porque se ama.

Aunque te duelen los ojos, haces un esfuerzo por leer un poco de ese libro tan bueno. Se te ocurre una idea y la anotas, a ver si mañana amaneces con fuerzas para escribir. Privilegio disfrutar el arte, tener proyectos, querer trabajar.

Todavía no logras levantarte de la cama, pero hay un montón de cosas que hacer antes de que el niño despierte. Te incorporas y duele desde el moño hasta el dedo meñique del pie.

Mala racha, murmuras. Cosas de estar viva, rectificas. Y empiezas a anotar mentalmente tus privilegios, para hacer un post y que no se te olviden.

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