ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

¿Cuántas veces habremos escuchado o visto que, para resolver un problema en una entidad, ya sea por incumplimiento, maltrato, dilación de un trámite, o ante una denuncia de corrupción, se creó una comisión para investigar lo ocurrido?

Un lector observador podría darse cuenta, en la página que cada viernes dedicamos a las cartas de la población y a las respuestas de los organismos –la mayoría de estas con soluciones a lo planteado–, de la presencia de ese grupo. Por lo general, lo integran los cuadros principales de la organización, incluso el máximo responsable. También es muy frecuente que, en un santiamén, ese colectivo procure el resultado correcto, como lo dicta su rol de servidores públicos.

Hasta ahí todo parece bien, pero, si se destinaron jornadas a resolver el problema, ¿quiénes chequearon y evaluaron las tareas diarias?

El pasado 12 de febrero, el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, al presidir el balance de la Contraloría General, exhortó, además de todo el esfuerzo e iniciativas que desarrolla para incrementar el número de auditores, «poner atención a los ambientes de trabajo».

Un ambiente de control en un centro fabril, en una escuela, en un centro científico, en fin, en cualquier proceso de producción continua, aporta organización; un ambiente de ciencia e investigación también, pues presupone controlar, comprobar, evaluar y contrastar resultados. Cuando se labora así, es casi imposible que aparezcan el delito y su cáncer, la corrupción.

Hace ya unos años, el 29 de junio de 2018, en la Universidad de las Ciencias Informáticas, le escuché decir a la contralora general de la República, Gladys Bejerano Portela, que «nadie cae en la corrupción en paracaídas, sino que la persona se va deteriorando poco a poco, cuando los mecanismos para controlar fallan o son deficientes. De ahí el carácter preventivo y el enfoque sistemático del control interno».

Entonces ella, en una conferencia ese día, definió qué era el control interno, con lo cual se entroncó con ese ambiente de trabajo al que el Jefe de Estado hizo alusión. Dijo: «Es una forma para ordenar, organizar, conciliar, integrar y armonizar los diferentes sistemas de dirección, de gestión de una entidad, organismo u órgano», y agregó un elemento crucial: «No sustituye, no se superpone, es el marco organizacional para asegurar el cumplimiento de nuestra misión y objetivos».

En otras palabras, es una herramienta que nos hace eficientes y eficaces, y, al propio tiempo, es la manera de prescindir de las comisiones que, al final, actúan ante la falta de sistematicidad.

Cada vez que se crea una comisión para investigar lo que toca hacer cada día, es tiempo que se le quita a la actividad principal, cualquiera que esta sea. Si es un centro productivo, se afectaría la producción; si fuera en una escuela, el proceso docente-educativo se lastraría, y si se trata de una entidad que atiende a la población, el perjudicado sería la cubana o el cubano que se dio de cara contra esa especie de monstruo burocrático.

Hoy, cuando estamos inmersos en la principal tarea de la nación, la de corregir distorsiones e impulsar la economía, velar por los recursos –los que adquirimos y los que generamos con el esfuerzo de los trabajadores–, el sistema de control es piedra angular del desarrollo. Lo es para que cualquier organización sea rentable y cumpla con su encargo social. De lo contrario, se engordaría, hasta la obesidad, la especulación, porque el delito, la ilegalidad y la corrupción viajarían, desde nuestras entidades hacia la población, mostrándose en esos precios abusivos que hoy pululan en la calle.

Esta es una tarea que requiere de la participación del sujeto productor, porque en el socialismo él es dueño. Sin embargo, no se delega, los jefes, es decir, el cuadro, o los cuadros, dirigen y chequean ese sistema, reserva decisiva para impulsar la economía.

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