Cuenta la mitología griega que Narciso poseía un semblante hermoso y llamativo. Tras un castigo, quedó condenado a deleitarse con su propia figura reflejada en un estanque. Tal era el amor que le despertaba su belleza, que cayó al agua y allí, donde su cuerpo dejó de latir, nació una flor que lleva su nombre.
En los momentos actuales, tras la llegada de la geografía de internet, a cada segundo un nuevo Narciso moderno saca su teléfono móvil, toma una foto de sí mismo, le pone un montón de filtros, hasta quedar irreconocible, y la sube a su red social favorita.
Sabe que en las lógicas de la modernidad, primero publicas y luego existes. En esa carrera desenfrenada por ostentar un cuerpo perfecto, en un mundo obsesionado con la perfección física, precisa de un par de likes para sentir que puede satisfacer su espíritu hedonista.
Construye su personalidad en línea. Poco tiempo pasa alejado de su pequeño verdugo: el celular. Revisa las estadísticas de cada post. Está atento a los mejores ángulos para sus selfis. Apenas atiende a las clases. Cree que en su página de Facebook puede encontrar todas las respuestas, como si en el muro de noticias existiera espacio para todas las preguntas.
Poco sabe de historia, artes, geografía, pero posee la necesidad imperiosa de volverse coquette y formar parte de la tendencia, porque le importa, y mucho, ser «igual a todo el mundo», como si existiera un molde único, como si cada ser humano no fuera una mezcla singular de historias, aprendizajes, experiencias y otras «pequeñas cosas».
Pasar un rato pegado al teléfono resulta parte de la cotidianidad. Subir una o varias fotos tampoco representa un problema. El peligro surge cuando toda la vida se resume a las redes sociales y al tiempo que se pasa en ella. Cuando las fotos que posteas determinan el estado de ánimo o se vuelven un mecanismo para la validación ante los otros. Cuando construyes en el espacio virtual un alter ego, la persona que quieres ser y no eres. Cuando desperdicias el tiempo, tu tiempo vital, en mirar reels e implorar aceptación. Cuando se te va la vida posando para la foto. Cuando ni siquiera intentas despegarte del artilugio y labrar una existencia fructífera y propia.
Mientras están absortos en la tendencia del momento, los años se escapan. La juventud se esfuma.
Cuenta la leyenda que detrás de miles de pantallas, como estanques transparentes de la contemporaneidad, los Narcisos de estos tiempos, cautivados por la propia figura, pasan horas, días, meses y años contemplando la fina lámina de vidrio que le devuelve la imagen añorada.
Ellos no lo saben, pero, a la larga, esa también es una forma lamentable y metafórica de morir.


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