ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Le tengo pánico a los fuegos artificiales; un grave problema para alguien que nació y creció en uno de los barrios más parranderos de San Antonio de las Vueltas, mi pueblo natal, mi círculo de patria en una esquina de la provincia de Villa Clara.

En los días de fiestas populares, en la calle de la Jutía, donde viví por 16 años, colocan hasta dos hileras de tableros, repletos de voladores, los cuales forran con papel, en la parte superior, para luego prender la chispa. De ahí emana una llama gruesa, pujante, y decenas de flechas candentes disparadas al cielo.

Los fuegos de luces me encantan. Parecen luceros gigantes, estrellas fugaces que se juntan para regalar un espectáculo silente, como si fuera una metáfora del inicio de la vida, ese preciso instante en que se hizo la luz.

Muchas veces he disfrutado el espectáculo desde el parque, mientras las carrozas dejan boquiabiertos a los espectadores. En no pocas ocasiones quedé atrapada en la casa, envuelta en una nube blanca que se colaba por las hendijas de la puerta, por cualquier rincón de la fachada de ventanas grandes y verdes.

Con tiempo debías decidir si veías el fuego desde su propio epicentro, en el que latía el corazón de la llama o en el pueblo, entre las dos carrozas que enfrentan a Jutíos y Ñañacos.

Una vez pasamos el susto del siglo. Apenas habíamos avanzado unos metros, cuando sentimos la voz: «¡candela!», y los encargados de la pirotecnia buscaron la antorcha, prendieron la mecha y mis padres, mi hermano y yo, más patojos que nunca, sentimos una bola de fuego que nos quería morder los calcañales.

A esa hora no había dónde guarecerse. Solo restaba correr y encomendarse a Dios. En el momento más dramático pudimos colarnos por la puerta de la funeraria, segundos antes de que la cerraran. Aquello fue lo más loco que hemos vivido. Pasamos la mejor parte de la noche de parranda entre los dolientes y a unos escasos metros del difunto, que en paz descanse.

En cuanto pudimos, salimos disparados de allí, y nada más alcanzamos a ver a las personas emocionadas que aplaudían tras una carroza monumental.

Hace más de 15 años que me mudé de mi pueblo para Santa Clara. Nunca fui de arrollar detrás de la conga de los Jutíos. Confieso que me hubiera encantado salir como figurante en la carroza de los Ñañacos. Le tengo pánico a los fuegos artificiales, pero cada 2 de febrero, cuando el palenque de salida suena y yo no estoy, siento que me falta algo.

Extraño el calor del lugar al que pertenezco, de mi familia, de la gente que me vio crecer, de los recuerdos que forjaron mi historia.

Unos 30 kilómetros me separan de mi casa, la primera de todas, la que está pegada a la de mis tíos, la del patio largo y estrecho. Dicen que hace años me fui; pero uno nunca se va del todo del lugar al que pertenece. Dicen que me fui hace años, pero traje conmigo un pedacito.

Cuando el palenque suena en San Antonio de las Vueltas, cada 2 de febrero, aunque no esté físicamente, en mi parranda, yo también estoy.

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