Hay, quizá, que pertenecer a esa especie que –como dice una amiga querida– no puede visitar una casa donde haya un librero, sin pararse delante de aquel a repasar los títulos.
Esa gente que entra a la librería como un niño a una tienda de dulces; que recibe el regalo de un libro como la más preciada caricia a su sensibilidad; que se alumbra cuando le dan la posibilidad de escoger «los que quiera» y adueñárselos.
Esas personas que leen como devotos; o, tal vez, no tanto, pero lo suficiente para aquilatar el valor esperanzador de la lectura. O es posible que solo haya que ser sensible, humano, buena persona.
Porque ver libros arrojados al hedor y la desidia de un basurero es un golpe devastador para el ánimo. Es más frecuente de lo que el alma quisiera, al menos en La Habana, por estos días: títulos valiosos, de literatura general o especializada, revueltos en la basura, inutilizados para cualquier posible rescate.
Nada lo justifica, ni hacer espacio, ni el apremio de un viaje ni de una mudanza. Ni siquiera el desconocimiento del valor de lo que, es posible, se haya heredado.
Si es corto el tiempo para venderlos, para regalarlos de manera personalizada, basta ponerlos en una caja o una bolsa en la acera, y de seguro aparecerá quien los quiera. Siempre hay personas dispuestas a adoptar un libro.
Incluso aquellos ejemplares que por su naturaleza están desactualizados, pueden servir para diversas manualidades. Alguien se los llevará, no dude.
Los libros tienen en sí un valor simbólico tal, como objetos que hablan de la grandeza de la humanidad, que es preciso respetarlos. Una casa es triste sin ellos; ensanchan los horizontes de cualquier vida a la que llegan.
Una vez, a las puertas de una mudanza interprovincial, regalé muchos libros, muchísimos, en el portal de mi casa. Si algo de dolor hubo en aquel necesario desprendimiento, lo mitigó la alegría de quienes se los llevaron.
Desde entonces muchos nuevos libros han llegado a mí, y el regocijo de esos encuentros es siempre grande. Me alegra formar parte de una cadena de solidaridad vital que se cede libros como si de alimento se tratara; porque alimentos son, al fin y al cabo.
No bote libros, delos en adopción. Hará afortunado a alguien, de seguro, y contribuirá a que muchas ideas y pensamientos sigan abriéndose paso en humanos corazones y entendimientos.


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