Un monedero, dos libros –uno acabado de comprar y otro traído de casa y a medio leer–, una libretica, un bolígrafo, el envoltorio grasoso de una dona, y el envase de cartón de las rositas de maíz, el móvil…
Parece mentira todo lo que le cabe a esta bolsa, que hacía mucho no usaba, pero que tiene el poder mágico de devolverme a la adolescencia, y con la que todas las veces me siento yo, fresca, cómoda.
Hace más de 15 años estaba obsesionada con esas bolsas latinoamericanas; y, yo, que nunca pedía nada, me atreví a decírselo a mis padres, no sin antes repetir unas cuantas veces que si se podía, si no estaba muy cara, etc.
Recuerdo que, después de viajar a La Habana, a la Feria de Artesanía, regresaron con la noticia de que no habían encontrado la bolsita, y yo me resigné.
Pero en realidad sí la tenían; aquella treta tan infantil le puso dulzura al regalo de mis padres, cuando los cuc que costaba el dichoso bolso representaban mucho para la economía familiar.
La bolsita, cuyo país de origen desconozco, fue mi compañera inseparable en el preuniversitario, siempre rebosada, pero fuerte hasta lo increíble.
Jamás perdió el color y se adaptó a todos los usos que le di a través de los años. Una vez un novio la dejó en casa de un amigo, y fue tal el «escándalo» que protagonicé, que partió raudo a recuperarla, no sin mirarme antes y después con cara de: «Mujer, que es solo una bolsa».
Pero es mucho más: es la historia familiar y la mía propia, es el testimonio de lo hermoso y resistente de nuestras artesanías tradicionales, es el recuerdo de que lo que uno considera auténtico no pasa de moda ni se hace viejo.
Las cosas dejan de ser solo eso, objetos, cuando les ponemos el alma y la anécdota. Todo este lunes, mientras caminaba con mi bolsa repleta de los artilugios de la vida adulta, lo confirmé.


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