ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Es el de vulnerabilidad un concepto sumamente amplio y con disímiles ángulos de interpretación, pero en cada uno de ellos, a modo general, responde a carencias, imposibilidad de vencer por sí mismos ciertos obstáculos, desventajas respecto a algo o alguien, temores y hasta cierta inseguridad.

Que conste que es esta una modesta interpretación personal, que no responde a la búsqueda o estudio de lo que sobre el término propone la academia, sino, más bien, al método de observación participante que inconscientemente utilizamos todos como miembros de la sociedad, e incluso a experiencias personales.

Pero más allá de las interpretaciones, lo cierto es que podemos ser vulnerables desde el punto de vista material, espiritual y hasta ambos a la vez. Podemos serlo, porque no somos capaces de cubrir necesidades básicas para la vida cotidiana, o porque, sentimentalmente, nos sintamos en un estado de indefensión que nos conduzca a ese punto.

En cualquier caso, poder superar esa situación, o al menos hacerle frente, requiere casi siempre de ayuda externa, un impulso que no depende de la voluntad individual, porque muchas veces esa voluntad existe, incluso es admirable, pero no es suficiente.

Creí necesario comenzar con esos puntos esta reflexión, porque «vulnerable» (en el singular o plural del término), es por razones obvias, una palabra muy citada y debatida en estos tiempos. Las complejidades de la realidad que vivimos nos han obligado a replantearnos el concepto, a mover sus límites, a hacer de él tantas reinterpretaciones como la realidad objetiva nos plantee.

Sin embargo, pese a la seriedad del asunto y la prioridad que le concede la sociedad cubana a ese particular, es inevitable sentir que a veces se utiliza el término con mecanicismo y superficialidad.

Ejemplos de la vida cotidiana nos demuestran que «atender a las personas vulnerables» es, en no pocos casos, un tecnicismo, una frase casi obligatoria en informes y reuniones, pero que, del dicho al hecho, todavía se nos quedan grandes lagunas.

El problema, creo, no está en los mecanismos que como nación hemos establecido para ese «atender», sino en la manera en la que le imprimimos cada vez más sensibilidad al verbo, y acompañamos las miradas, metodológicas y técnicamente estructuradas, con las del alma y los sentimientos.

Digo esto porque no siempre las personas caben en la estrechez de un modelo, de requisitos preestablecidos, y no por eso dejan de ser vulnerables. Entendamos también que la vulnerabilidad no necesariamente salta siempre a la vista, rayando con lo obvio, y se hace necesario escarbar, con la pericia de quien agujerea la tierra en busca de un manantial.

Creo que, si Einstein pudiera hablar del tema, diría que el de «vulnerable» es un término relativo, depende de quién lo mire y de cómo lo mire. Lo que sí es innegable es que hay que tener la suficiente apertura mental para entender que, si bien una persona puede, con la ayuda necesaria, superar ese estado, otra, que nunca ha sido calificada como tal puede, si se dan determinadas condiciones, caer en ese estatus.

Cuba, económicamente hablando, vive un momento crucial. El bloqueo, los años de pandemia, la inestabilidad internacional y también, es justo reconocerlo con valentía, nuestros propios errores nos han puesto en una situación tensa, en la que, indiscutiblemente, son necesarias medidas excepcionales para oxigenar nuestro modelo económico.

Dentro de ese contexto, no ha habido un solo análisis en el que no se pondere la necesidad de proteger a las personas vulnerables, de evitar que se quede alguien desprotegido, de prevenir que un positivo impacto económico, a mediano, a largo plazo, no implique en lo inmediato un choque demasiado fuerte para la familia cubana.

Sin embargo, es altísima la responsabilidad para que eso no suceda, y en ella están implicadas muchísimas más personas de aquellas que tienen la tarea como objeto social. Si hemos convertido a la creatividad en un lenguaje común para estos tiempos, pongamos ahora mucha, muchísima creatividad en este empeño.

Ayudar, acompañar, atender a personas y familias vulnerables, va mucho más allá de un monto económico, de un módulo de alimentos, de la entrega de ciertos recursos (aunque eso no deja de ser válido y meritorio). Se trata también de proveer confianza, aliento, seguridad y esperanza, esa –se ha dicho últimamente en redes sociales–, que no se trata solo de esperar.

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