Érase una vez millones de niños a un celular pegados. Érase un error superlativo, más que un elefante boca arriba, un drama superior a la nariz de la que escribió Quevedo.
Podría hablarse de una historia de horror, tan cotidiana como espeluznante, sobre la enigmática relación de los hombres con las máquinas.
Cuando nacen ya ella está ahí. En la primera perreta aparece con sus luces de colores. En los peores casos comienza su reinado en la cuna, luego va hasta el corral y termina fusionada al pequeño, como una extensión de sus ojos y manos, como un sentido más, sin el cual no saben descifrar el mundo.
Hasta los padres más precavidos acuden a sus encantos en un momento de desesperación: para darle una pastilla o para lograr que se coman la comida en una de las tantas fases de desesperante inapetencia.
Otros consideran que los ayudaría en su aprendizaje. Ellos mismos pasan el día conectados y no sopesan el peligro que representa para sus hijos.
Cuando las palabras tardan en aparecer durante la primera infancia, entonces se encienden las alarmas. Hay una nodriza que comenzó a causar estragos.
Un promedio de cuatro horas diarias pasa un niño frente a las pantallas en países como Estados Unidos, España, Reino Unido y Australia. Por tanto, estará en brazos de esta «institutriz moderna» un total de 1 460 horas, de las 8 760 que tiene un año.
El asunto toma tales dimensiones, que la Unicef alerta sobre el impacto nocivo del uso de dispositivos como móviles y tabletas en pequeños menores de un año.
Advierte que las investigaciones científicas constatan que los bebés no aprenden de una máquina, pues el proceso de aprendizaje se desarrolla en la interacción con otros seres humanos, en la lectura de las expresiones faciales, momento clave en su desarrollo para obtener habilidades sociales como la empatía.
En consecuencia, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda no exponer a los menores de dos años a estos dispositivos, y llama a fijar no más de una hora de exposición diaria hasta los cuatro años.
Por cierto, Pierre Laurent, ingeniero informático que trabajó en Microsoft e Intel, y padre de tres hijos, explica que «si le pones una pantalla a un niño pequeño limitas sus habilidades motoras, su tendencia a expandirse, su capacidad de concentración. No hay mucha certeza en todo esto. Tendremos las respuestas en 15 años, cuando los niños sean adultos. ¿Pero queremos asumir el riesgo?».
Lamentablemente, hay quienes ni siquiera se plantean esta interrogante.
Esta es una historia de horror moderno, en un mundo en el que millones de niños permanecen a un celular pegados. Muchos ya saben quién es la villana, sin embargo, la siguen dejando al cuidado de sus hijos.


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