Dicen que el principio del fin en la vida de una estrella sucede cuando el material susceptible de fusionarse se agota y el núcleo comienza a enfriarse.
Cada año, una estrella muere como una nebulosa planetaria en la Vía Láctea. La naturaleza, tan sabia, sabe que no aguantaríamos una pérdida masiva; el mirar al cielo y no encontrar los puntos brillantes que han acompañado a nuestros padres, y a los padres de nuestros padres.
Quizá no logren observarse igual de hermosas en un horizonte humeante de tanto polvo y metralla. La tregua frágil puede que le haya devuelto la serenidad al firmamento.
Llegó a este mundo en el minuto equivocado y en el «peor» de los lugares posibles. ¿Pero existe alguna forma de decidir dónde se respira por primera vez? Claro que no. Esas decisiones están tan fuera de nuestro alcance como las estrellas.
Ni siquiera conozco su nombre. Podríamos ponerle Mohamed o Miriam, porque está cubierto por sábanas blancas, y en los primeros meses, todos los bebés lucen igual de hermosos y frágiles.
Por su edad, nunca pudo mirar, de forma consciente, el paño negro, bordado con puntos brillantes que se expande a lo lejos, como algo inalcanzable. No tuvo tiempo. En este caso, su núcleo comenzó a enfriarse cuando lo rompieron, de afuera hacia dentro, en un acto tan antinatural como la guerra.
No sé si logró sonreír, o si pudo saborear las primeras papillas que vienen montadas en un avioncito pequeño que pilotea mamá. Nada sabe de geopolítica, de la historia de su pueblo, de Netanyahu, del sionismo o de Hamás. No tuvo participación alguna en los ataques del 7 de octubre. Su noción del tiempo la rigen las necesidades más básicas: el hambre, la sed, el sueño.
Los políticos que hablan en conferencias de prensa sobre la guerra que defienden no lo conocen. Visten un traje impoluto. El cabello les brilla tan perfectamente peinado como un maniquí de una tienda de lujo. Se ven rozagantes y saludables. Seguro cenaron bien. Para ellos, ese pequeño es solo un número más en los daños colaterales, como le llaman, para no ponerle rostro y sonido al dolor.
Unos 5 000 niños han muerto en Gaza, tras el reinicio de esta tragedia. Pero los números son fríos y distantes, como los millones de estrellas que vemos a lo lejos.
No podemos sentir el sufrimiento detrás de las estadísticas. Los dígitos no expresan el drama de la despedida a destiempo, de la manita que deja de tocar el pecho cálido de la madre mientras se alimenta.
Paso rápido la foto que aparece en mi móvil mientras reviso las redes sociales. No quiero ver. Soy una cobarde.
En una esquina, la mancha de sangre. La cara de desesperación de la mujer que pierde a su pequeño me rompe, lo revuelve todo. No deja nada en su sitio. Le doy un beso a mi hija. Quedo en silencio.
Se estima que existen alrededor de 100 000 millones de galaxias en el universo observable. Por lo tanto, alrededor de 100 000 millones de estrellas nacen y mueren cada año, lo que corresponde a unos 275 millones por día.
Pero las estrellas mueren de adentro hacia fuera, como debe ser, en el orden natural de las cosas.
Unos 5 000 niños han perdido la vida en poco más de un mes, en la Franja de Gaza. Pero el mundo tapa con estadísticas el dolor, y mientras cientos de influencers narran sus tontas rutinas de maquillaje diario, no se hace nada para evitar el horror de la muerte, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual.


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Roberto Molina dijo:
1
21 de diciembre de 2023
15:18:32
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