El bolso ya no existe, pero su recuerdo permanece. Era grande, de piel sintética, marrón y beige, muy cómodo. Lo había comprado con mi propio dinero, de mis primeros salarios como reportera.
Todavía olía a nuevo cuando, apretujándome en una guagua para poder llegar al trabajo, un pincho de metal le hizo una raya oscura. No llegó a romperse, pero me dolió que se estropeara así tan pronto.
El desasosiego duró poco. Enseguida pensé que aquella marca hacía a mi bolso único en el mundo, de cierta forma ayudaba a contar su historia conmigo. Y, de hecho, así estuvo por mucho tiempo, en nada venido a menos por aquel accidente, hasta que de verdad se rompió del uso constante.
He defendido siempre esa filosofía en relación con las cosas, porque al final –como ya han dicho otros con toda certeza– de nada vale amarlas tanto; más bien es triste hacerlo, porque las cosas no saben que existimos.
Entonces, sin ser desprolija ni desconocer que lo material desempeña un papel necesario en nuestras vidas, no dejo que el valor utilitario o sentimental por un objeto me domine; si se rompe, si se marca, si se pierde…, es todo parte del relato de mi vida.
Y el día que llegó el momento de aplicarlo a mi propio cuerpo, ya no fue tan difícil. He aprendido a amar la cicatriz que me recuerda que estoy viva, que superé el dolor, que los malos momentos también pasan.
Nunca me peleo con ella cuando la veo en el espejo, ni trato de cubrirla de una mirada anhelante. También es parte de quien soy.
Todas las cicatrices son rastros de dolor y de victoria. Todas tienen su belleza, la de contar y contarnos.


COMENTAR
Maru dijo:
1
8 de noviembre de 2023
15:35:33
Viviana medina Sánchez dijo:
2
9 de noviembre de 2023
08:31:36
flores dijo:
3
14 de noviembre de 2023
08:22:39
Mayra Teresa dijo:
4
14 de noviembre de 2023
16:34:39
Responder comentario