Mi hija tiene dos años. Desde que vino al mundo mi mundo es ella, como si hubieran puesto mi corazón en su pecho y latiera desde allí.
Nada duele más a una madre que el dolor de un hijo, no hay lágrimas que llore una madre con más angustia que las lágrimas de sus hijos, como no hay felicidad más cándida y completa que la que se siente a través de su sonrisa.
Solo se conoce el significado verdadero del miedo cuando los acecha el peligro; y nos sentimos tan inútiles, tan fracasadas, cuando protegerlos se va de nuestras manos, cuando no podemos hacer frente a todo aquello que los daña, cuando solo podemos esperar y estar ahí; solo estar, aunque desde el alma nos crezcan un terremoto y unas ganas de partir la tierra en dos si fuera necesario para salvarlos, para ahuyentar el peligro.
No entiende una madre que un hijo le diga adiós a la vida antes que ella. No existe todavía quien le explique, quien le haga entender a una madre que tendrá que seguir respirando, existiendo, sin ese pedazo de sí misma.
Una vez que se es madre, el dolor de toda madre es también tuyo, y aunque nunca la veas, ni la escuches, ni puedas abrazarla y ayudarla a soportar la carga, lloras con ella, sufres con ella, y hay un lazo de solidaridad materna que las convierte en hermanas.
Entonces lloro, sí, y no una, varias veces, y me duele el alma, y comparto con ellas la impotencia, y me cuido el corazón para que el odio no lo habite, porque yo tampoco entiendo, porque hay cosas que sencillamente no se pueden entender.
Y me despierto y digo que hoy no miraré las fotos, que hoy no leeré, que hoy voy a evadir el tema, y no lo logro.
Y mientras algún medio dice cifras, yo no puedo más que imaginar el llanto, el dolor que ya nunca sanará, aunque la paz llegue, la herida que va sangrar eternamente, aunque se cierre.
Este es el legado que va dejando para sí mismo el único animal «inteligente» sobre la tierra, el único capaz de pensar: un mundo en el que los inocentes son daños colaterales de las guerras y el estallido de las bombas no deja que se escuche el llanto de las madres.
Mi hija duerme mientras escribo estas líneas, no hay misiles apuntando a su sueño, no hay sobresaltos en mi corazón más que los de un catarro impertinente que ya va pasando. En un rato despertará sonriente, levantará sus bracitos hacia mí para que la saque de la cuna, y yo la abrazaré con fuerza, le diré alguna tontería, le haré cosquillas y la llenaré de besos. La casa volverá a inundarse con sus travesuras y yo seguiré disfrutando de la alegría de tenerla, de la suerte de tenerla.
Pero aquí en mi pecho, en mi pensamiento, un hilo de tristeza seguirá existiendo, por aquellas madres que no tienen mi suerte, por aquellas que ni poniendo su vida de por medio pueden proteger la de sus hijos, por aquellas a las que un alguien que no las conoce, que jamás verá su rostro desgajado de dolor, que apuntó a un blanco, así sin más, les robó la dicha de otro instante feliz, con lo más sagrado que la vida les había regalado.


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Elayne dijo:
1
30 de octubre de 2023
08:39:43
Daneysi dijo:
2
5 de noviembre de 2023
18:40:38
maida dijo:
3
16 de noviembre de 2023
16:32:34
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