Cuba nunca debe ser el comodín de los egos, no merece que la usen como pedestal para alcanzar ambiciones frustradas o ganancias de ocasión. Cuba no puede ser el árbol caído donde hinquen su filo las hachas del oportunismo. No es leal morder la mano que una vez fue amiga y meter los dedos en la herida, para cumplir el encargo vil de los que la hieren. El archipiélago es madre de todos y en su seno no se pueden acomodar los odios, como si herir la Patria solucionará nuestros problemas.
Cuba no es barco que se abandona cuando la tormenta arrecia ni animal cansado que se azota con saña. Nunca seremos la justificación triste de los que aspiran a subir escaños de poder o de fama, disfrazando el talento o la mediocridad con el servilismo y sin más ofrendas, a los poderosos, que la promesa lamentable de clavar sus lanzas en el costado débil de un país que resiste.
Cuba no ha de ser el pasaporte fácil, para irse hasta el parnaso de los que la ambicionan, y no es leal pretender que, levantando un pedazo de nuestros males y exhibiéndolos como trofeo penoso, se puedan ganar las anuencias y el guiño diminuto del gigante, a riesgo de sepultar para siempre la dignidad bajo el extraordinario peso del dinero.
Cuba no es pergamino donde afincar la firma de los que se rinden, no es zanjón moderno que pacte rendiciones y muestre un legajo como declaración final de una guerra perdida, a cambio de las migajas que reserva la historia para los que disparan por la espalda, sean balas de plomo o sean balas más ruines.
No se negocia con el alma sagrada de un país que ama, con la misma fuerza que puede resistir las tormentas. Solo los que pretenden ignorar lo que ha sido y es la Cuba revolucionaria, pueden albergar la esperanza de que llenarán sus panzas ávidas, con las carnes arrancadas a una nación, que sabe escapar de los peores lobos.


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