ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Todos tenemos una cuota de poder. Y el poder es un instinto. En una obra de Antón Arrufat, un portero no deja entrar a uno de los personajes, mientras a otro le abre el paso. Ante la pregunta por qué a mí no, y a él sí; la respuesta es muy interesante: porque decir no es mi cuota de poder.

Hay un poder del portero y otro del almacenero. El poder de los padres sobre los hijos, ese que registra la canción de Serrat: Esos locos bajitos, y aquel texto de estribillo: «Niño eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca… niño deja ya de joder con la pelota…».

El que ejercen los hombres sobre las mujeres, desde una posición patriarcal, y que considera a la mujer un objeto, un sujeto que obedece y aguanta hasta los golpes, o el destrozo de la propia vida, como lamentablemente ha sucedido.

Pero como «el misterio de la vida consiste en la facultad de asociarse», el asunto se complica en el entramado de las relaciones sociales a gran escala. Existe el poder de una religión sobre otras, el de una cultura, que extermina o domina a la otra. El poder de las posiciones políticas.

La filósofa y mística Simone Weil, quien se acercó con lucidez y piedad a lo sagrado de la persona humana, decía que toda sociedad civilizada es sociedad jerarquizada. Y en esa jerarquía, el poder puede tomar los caminos de la vanidad, del egoísmo que corrompe a quien abusa del poder.

Y cuando el hombre se llena de poder y riquezas, no faltarán los aduladores para quien Martí tiene reservada una palabra poco común: turiferarios: «A quien todo el mundo alaba, se puede dejar de alabar: que de turiferarios está lleno el mundo, y no hay como tener autoridad o riqueza para que la tierra en tomo se cubra de rodillas».

 Cuando hablamos de sistemas políticos, no hablamos del poder de un portero, sino cómo los ciudadanos participan en el poder.

Otra vez nuestro José Martí nos deja una clara advertencia de este dilema humano: «De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, ir a ser esclavo de los funcionarios…. y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder…».

¡Y esa es la cuestión! Los funcionarios no son ajenos a esas cualidades deformadoras que pueden corromper el poder. Ese es un problema que no se resuelve con la firma de un código de ética, o con exhortaciones a ser buenos funcionarios.

Se necesita socializar el poder cada vez más para que la palabra ciudadano alcance el linaje de la palabra patriota. Eso no es posible sin la isegoría, palabra griega que nos pone en planos de iguales, para que el poder no nos lleve a considerarnos superiores a los demás.

La transparencia debe abrir la puerta para que la rendición de cuenta no sea un acto formal, sino un ejercicio de crítica que construya, antes que el agujero rompa el saco. Hay que untarse las manos con la tierra de los días y con el dolor de la gente. Nadie sigue a quien no es ejemplo, ni a quien es vencido por el humo de la vanidad.

El poder es dirigir con el impulso de los otros y repartiendo amor, sin llamar al universo para que nos vea pasar.

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