Recuerdo que en mis años de primaria solíamos ocupar parte de los recreos en un juego muy peculiar. Hacíamos una larga cadena humana y el primero de mis compañeros decía al segundo un mensaje en el oído, este, a su vez, lo decía al siguiente, y así de manera sucesiva. Al último de los jugadores le correspondía decir el mensaje en voz alta y lo gracioso era que el resultado final ni se parecía a lo dicho inicialmente.
En el camino cada quien entendía a su manera, le ponía un poco de sus propias consideraciones y el resultado era una idea totalmente distorsionada con relación a la que le había dado origen.
Si me viene este pasaje a la memoria es porque, de manera inocente, hacíamos una muy atinada sátira de lo que sucede en la vida real y cotidiana, cuando se subvalora la importancia de una comunicación acertada y se permite que mensajes, muchas veces de suma importancia para cualquiera de los eslabones de la sociedad, sean tratados con poca seriedad y lleguen incluso a la categoría de rumor.
A diario chocamos con situaciones que mucho tienen que ver con esta problemática. Llegamos a un lugar y nos encontramos con una orientación sin pies ni cabeza que todos cumplen disciplinadamente, pero que ante las interrogantes, nadie sabe de dónde vino, con qué objetivo se puso en vigor y si verdaderamente se aplica del mismo modo en que fue concebida.
Eso pasa por muchas razones pero, algunas de las más comunes, tienen que ver con la violación de los espacios de intercambio colectivo, cuyo fin es, precisamente, el de orientar, discutir, ordenar. Se utilizan canales inadecuados para comunicar y no siempre el encargado de hacer fluir la información es el más preparado para eso, o el que tiene las herramientas para hacerlo. También hay dosis de pereza y poco sentido común, porque es más fácil decir algo de manera informal y dejarlo difundir como se pueda, que dedicarle unos minutos de pensamiento y trabajo.
Otra arista del problema es dar por supuesto que algo se sabe. Craso error. Ni todas las personas tienen el mismo nivel de acceso a la información ni todas se preocupan del mismo modo por estar informados.
También existe quien habla y habla hasta el cansancio y, sencillamente, no dice nada. Ese es un caso tan dañino como los anteriores, porque entonces se genera rechazo, incredulidad, desinterés, como dicen algunos, se oye, pero no se escucha.
En Cuba se manifiesta una política de país que llama a la transparencia, expresada en comunicar, de manera oportuna, todo aquello que sea de interés del pueblo, con todos los argumentos y causas. La razón es muy lógica, un pueblo informado, conocedor de su realidad, no es blanco fácil para la manipulación.
Sin duda, una expresión innegable de esa línea de país lo constituye el anteproyecto de Ley de Comunicación Social, sometido ahora a discusión, que viene a pautar muchos aspectos imprescindibles, desde el punto de vista jurídico en materia comunicacional, con un amplio espectro de acción pues, comunicar, va mucho más allá del decir o transmitir información.
Lógicamente, no todas las personas que conducen procesos y llevan sobre sus hombros importantes responsabilidades, son especialistas también en procesos comunicativos. Es por eso que buscar asesoría, crear espacios para la superación y abrir oportunidades para quienes sí cuentan con las herramientas necesarias para hacerlo, son asuntos que urgen.
Vivimos tiempos en los que «saber», no es una opción, es una necesidad. Tiempos en los que «no decir» o hacerlo mal, puede causarnos un daño irreversible.


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Raúl dijo:
1
18 de julio de 2022
15:22:05
Pastor dijo:
2
18 de julio de 2022
17:17:25
Julián dijo:
3
19 de julio de 2022
09:38:18
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