ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Durante la tiranía de Batista no tuve edad para tirarle ni un «gollejo a un chino», como se decía por entonces, pronunciando la g donde debería ir la h.

A lo mejor, de haber tenido los años suficientes, me hubiera faltado el coraje para, al menos, arrojar desde lejos ese modesto «gollejo» en unos días signados por heroicidades cotidianas. Nunca se sabe. Y desde hace rato dejé de especular al respecto, convencido de que cada época trae aparejadas sus pruebas de valores.

Lo que sí puedo asegurar es que, de niño, la policía batistiana me infundió más pavor que respeto.

Tres hechos vinieron a fundamentar el sentimiento.

La primera vez mi madre me llevaba de la mano cuando, al cruzar frente a una estación de policía de Lawton, se comenzaron a escuchar unos gritos desgarradores provenientes de lo más profundo del edificio. El policía de guardia, apoyando una mano en el cañón de su fusil, nos conminó a cruzar la calle y, ya en la otra acera, una frase desesperada y de perfecta pronunciación se intercaló entre los gritos y cruzó el espacio para instalarse, hasta el día de hoy, en mi memoria: «¡acaben de matarme, coj…!».

De la segunda vez escribí hace tiempo in extenso: Ocurrió por los días en que tuvo lugar el ataque al Palacio Presidencial. Estaba solo en el cuarto donde vivíamos, en Consulado entre Trocadero y Colón, y le daba vueltas en la cabeza a la idea de fabricar un cohete interplanetario, o algo por el estilo. Del dicho al hecho, tomé la cazuela más grande de mi madre, la coloqué en el pequeño balcón y debajo le puse un cohete. La casualidad hizo que en esos momentos pasara por la calle, dos pisos más abajo, un ómnibus de la ruta 14. Elevada siete u ocho metros, la cazuela cayó sobre el techo del vehículo y provocó una estampida de pasajeros digna de figurar en La guerra de los mundos. Minuto y medio después, dos policías, que viajaban en la 14, derrumbaron fácilmente de una patada la puerta de cartón de nuestro cuarto para, pistola en mano, encontrarse con la voz trémula de un niño que trataba de justificarse hablándoles de un proyecto de viaje al espacio.

La tercera vez fue en el año 1958. En compañía de dos amigos nos lanzábamos pelotas para calentar el brazo en una calle de Mantilla, cuando una perseguidora se detuvo a media cuadra. Salió de ella un policía y sin ton ni son nos preguntó, descompuesto, si éramos guapos.

   –¿El qué?

   –Que si son guapos

    –¿Por qué lo pregunta? –indagó uno de nosotros

     –Pa´ saber –dijo él, y se echó a reír.

Entonces, sin ponernos de acuerdo, chifladura de niños que esperan con ansias las sombras del primer bigote, o que la damita de turno deje colgado a Gary Cooper y nos venga a besar desde la pantalla, nos llevamos las manos a los testículos para dedicarle una buena sacudida, antes de echar a correr con el miedo prendido en los talones.

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TYSAN dijo:

1

22 de marzo de 2021

12:39:53


tres cortas historias magníficas

charlitin dijo:

2

25 de marzo de 2021

15:24:00


buenas historias e interesantes

Marco Antonio Borrero Neninger dijo:

3

29 de marzo de 2021

09:03:27


Muy aleccionador para los tiempos que corren; se te agradece.