Entre el silencio abrupto de la madrugada, desperté, como siempre un poco perdido. También un poco desconcertado, quizá por lo que estaba pensando. Día atípico. Aquello de montarme en una guagua Transtur, como turista, no me ajustaba. Siempre fui más de camiones a la playa y de chapuzón en el río.
No es que representara un suceso en mi vida, como sí lo fue haber jugado a los escondidos, ganar un concurso de lectura en primer grado, haber «mataperreado» por debajo del elevado de Sancti Spíritus, haber leído Corazón o haber visto en vivo el jonrón de Cepeda contra Japón en la final del Clásico Mundial. Pero algo representaba aquella jornada, no sé, por lo menos algo diferente.
Aquel día lo recuerdo bien. Pudiese destilar toda mi cursilería para describir el color del cielo y la mañana, pero sería muy aburrido. El parque de Sancti Spíritus estaba lleno de personas. Esperaban unas 150. Allí estaba la gente de mi ciudad: entre ellos los más pudientes, los de miradas más seguras, vestidos casi todos de blanco, casi todos con zapatos de marcas. Hermosos, casi todos. Estaba casualmente junto a ellos.
¿Por qué me hacía preguntas mañaneras y me ponía tan intenso horas antes de llegar a la playa a disfrutar? ¿No podía simplemente dejar el mundo girar, desconectar el chip y aprender a vivir el momento? Vivir. Eso. Solo tenía que ponerle ganas y dejar de sentirme como un ratón en la ferretería. Tampoco sabía, en aquel minuto en que trataba de animarme, por qué me parecía que estaba esperando algo, uno de esos pequeños sucesos que en días tan confusos llevan a uno a escribir. Tampoco sabía, lo juro, por qué lo vi y por qué, entre tantas personas, él cambió (salvó) mi día.
Allí estaba. Más puntual que la luz. Casi nadie lo miraba, ni los que sonreían, ni los hermosos, ni los vestidos de blanco... pero él estaba allí. Se notaba la ansiedad por el viaje. Pero yo lo miré, y no un momento, sino varios minutos. Él no lo sabía. Estaba en lo suyo. La rutina de este hombre incluso puede llevarlo a creer que pasa inadvertido. Quizá ninguno de nosotros se ha acercado nunca a decirle gracias, lo que tal vez valga más para él que un viaje a la playa en Transtur. Aquel hombre era tan parecido al de mis sueños (ahora sí me pongo cursi), tan cercano al que me enseñaron a amar que me pesaba mirarlo, a la vez que no podía quitarle la vista de encima.
Le tiré una foto. Pensé que quizá podría salir en el periódico, aunque no supiera su nombre. No se dio cuenta de mi presencia ni de mi celular apuntándole. Yo solo era una especie de turista novato y curioso, él era el obrero que barría todos los días el parque de mi ciudad. ¿Qué era yo ante él? ¿Qué éramos?
Noté, antes de irme, mientras alguien ya llamaba a abordar el ómnibus, aquella belleza de sus manos. Aun arrugadas, sin la fuerza que en tiempos pasados llegó a tener, aun recogiendo la basura, vaciando cada cesto sobre su saco... aquellas manos eran las más limpias que había visto en mucho tiempo; y cómo no han de serlas si con ellas una ciudad revivía a la vorágine de cada mañana. Caminaba todos los días por el parque que él limpiaba y nunca me detuve a preguntar quién lo hace. Tampoco lo hice ese día, ¿para qué mentirles? Pensativo, atónito, me alejé de él y lo seguí mirando hasta montar en la guagua. Quieto, pegado al parabrisas, quedé con ganas de darle un abrazo y el millón de gracias que merecía, porque sin él saberlo, entre tanta gente hermosa, vestida de blanco, con zapatos de marcas, y de miradas tan seguras, ese hombre inerte, de pasos lentos y mirada tibia, era el más bello de mi ciudad.


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ana julia dijo:
1
4 de enero de 2021
16:31:45
Rosario Fernández dijo:
2
5 de enero de 2021
06:31:23
Raquelita dijo:
3
7 de enero de 2021
10:46:19
VERONICA RDGZ dijo:
4
9 de enero de 2021
18:29:49
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