Según los expertos, el narcisismo no lo crearon las redes sociales, pero ellas resultan un medio idóneo para que se propague.
Propagación desbordante, al punto que pudiera hablarse de una metamorfosis del concepto de identidad para aquellos que buscan a cualquier precio el reconocimiento público, la fama y, ¡objetivo supremo!, convertirse en una «celebrity».
Ningún otro medio puede otorgarle al narcisista la admiración extrema que necesita para alcanzar su felicidad en un mundo en el cual él se cree el mejor de todos.
Si bien las redes sociales llegaron para quedarse, entre otras razones porque lo tornan todo «más fácil», posee ese medio la facultad de distorsionar lo verdaderamente importante y de trampear, imponiendo lo que menos vale sobre lo que vale más.
Propiciadoras de información y de otros beneficios, las redes sociales cuentan con excelentes comunicadores, pero se ensombrecen culturalmente ante la irrupción de cualquier narcisista dispuesto a aplastar flores en el jardín con tal de brillar en el nuevo firmamento.
La manipulación de ideas y conceptos ante la opinión pública suele ser una buena vía para catapultarse, y máxime en tiempos en que la verdad y la mentira –como nunca antes– bifurcan fronteras de una manera desconcertante.
Convertido entonces en malabaristas de sus conveniencias, el narcisista hace y dispone y trata de encontrar una brecha, en medio de una multitud, cuyo poder de análisis puede haber estado sometido a influjos de todo tipo. No es que falte inteligencia,
sino más bien que las esencias del discernimiento están contaminadas, lo que aprovecha el narcisista, y su «verdad suprema», para meter el hombro y trazar rumbos.
La manipulación mediante los medios de difusión es un asunto de vieja data, pero hay una película de 1957, inspirada en hechos reales, que adelanta en el tiempo el perfil del narcisista contemporáneo afincado en las redes. Su título es Un rostro en la multitud, fue realizada por Elia Kazan y presenta la historia de Larry Rhodes, un vagabundo que es sacado de una cárcel de Arkansas para cantar en una emisora local de radio. Rhodes cae bien, resulta simpático y rápidamente es promovido en toda la nación con sus canciones de humor folclórico y opiniones de todo tipo. Sube como la espuma, aconseja comprar colchones de una marca determinada y promueve, a partir de una idea propia, el Vitajex, un suplemento energético que hará de los hombres seres más vitales sexualmente.
Tan alta es la audiencia que va alcanzando el personaje, que incursiona en la política y termina por apoyar, frente a los micrófonos de una importante cadena de televisión, la campaña presidencial de un senador. Con el tiempo, Rhodes se vuelve un ególatra majadero, un narcisista que chilla y grita y blasfema contra la estupidez de su audiencia televisiva, a la que, en la intimidad, llama «idiotas», «conejillos de Indias» y «focas entrenadas».
Un día le dejan el micrófono abierto al concluir un programa y todos oyen lo que él opina de sus fieles seguidores. Se derrumba Rhodes, pero no es la hecatombe para los que están detrás de él, pues ya han venido trabajando con una cara fresca dispuesta a sustituirlo.


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Rigo dijo:
1
25 de septiembre de 2020
14:00:49
Lazaro Lucio dijo:
2
11 de octubre de 2020
06:33:36
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