Sí, el héroe de Dos Ríos, el Apóstol de Cuba, el que quiere fundar una nación aun en contra de la voluntad de sus hermanos, como el Ismael bíblico. Pero, ¿y el padre José Martí?
Entre apuntes para escribir lo que llamaría «Los momentos supremos» (por si le alcanzara el tiempo y la vida), aparecen trazos de escenas de gran amor familiar: «La abeja de María…, El beso de papá, al salir para Guatemala, en el vapor, -… Cuando me enseñaron a Pepe recién nacido…». Son tres momentos salvados por la ternura, la alegría, el dolor.
Cuando su esposa Carmen trae al mundo a José Francisco, ¡cuánta felicidad! «Mi nube humana de tres meses». Le había nacido en Cuba en noviembre de 1878. Cada vez que regresa del trabajo, o de otras conspiraciones, a la calle Amistad, es una fiesta entre el padre y el hijo… Es dichoso en medio de tantas angustias, hasta que, apenas cumplido el niño los diez meses, le arrancan la pequeña alegría del hogar y lo deportan, lejos de su Patria y de su familia.
Otra vez el peregrinaje, los encuentros y despedidas; el día triste y gozoso en que, en las escaleras de una ciudad, se encuentra a un niño que le recuerda al suyo, le toca la cabecita y la madre, azorada, espanta con palabras descorteses al hombre, sin saber jamás que aquel desconocido era incapaz de la maldad.
En Venezuela, esperando la hora de morir por Cuba, lo extraña; su hijo viene a su mente y lo ve pasar por su corazón. Es un Príncipe, aunque lo quiere de trabajador; una musa nueva le horada su alma y le regala 15 poemas, que son la vida… «para un príncipe enano se hace esta fiesta»…, un príncipe que no puede amar al Rey amarillo, y que tiene todo el poder para salvar a su padre: «¡Hijo soy de mi hijo! / «¡Él me rehace!».
La última vez que Martí vio a su hijo, tenía el niño 13 años. Sin despedidas. Carmen se fue sin avisarle; el matrimonio se quiebra lejos de su tierra y cerca de difíciles tareas revolucionarias. Aquella primera noche sin su hijo, arrancado por la madre en circunstancias difíciles de juzgar, no puede dormir.
Al amanecer, y ante una pregunta cariñosa, que se interesa por la vigilia, y sus pasos que recorrieron el cuarto de tablas en toda la noche, responde: «Es que a Cristo lo crucificaron un día, a mí me crucifican todos los días».
Se echa al hombro la cruz y sigue el camino. Está muy cerca Cuba que sufre y la palabra enardecida de un discurso: «Con todos y para el bien de todos». El 1ro. de abril de 1895, cuando solo faltan diez días para el desembarco por Playita de Cajobabo, le escribe a su hijo; le reclama que debería estar junto a él para partir juntos: le regala la leontina que usó en vida, y le da un consejo: «Sé justo». Algo más difícil que ser bueno; para lo primero se necesita bondad, para lo segundo, el amor y la sabiduría.
Este padre que se llama José Martí, nos deja una historia de amor, en la cual no faltan el dolor, las incomprensiones, la distancia, donde se pierden tantos abrazos. La Patria está por encima de otros amores, y en Abdala anunciaba ya las múltiples desgarraduras.
Nos regaló La Edad de Oro, libro escrito por un padrazo, a todos los niños y las niñas de América; las cartas a María Mantilla; y para los padres, esta joya de amorosa advertencia cuando habló del poeta Alfredo Torroella: «Amigos fraternales son los padres y no implacables censores: Fusta recogerá quien siembra fusta. Besos recogerá quien siembra besos… La única ley de la autoridad es el amor».
En el pecho, cerca del surco doloroso abierto por una bala, lleva la foto de María. Su Ismaelillo, José Francisco, viene a la guerra, dicen que montó el caballo del padre, Baconao, regalo de José Maceo en Arroyo Hondo. Muchos niños vieron en la manigua a José Martí y dejaron testimonios de aquel hombre luminoso. Nosotros todavía lo vemos en el portal de Cuba, llevando un niño sobre los hombros, y la esperanza: una niña dormida entre los brazos, muy cerca de donde crecen las palmas.


COMENTAR
Frank dijo:
1
20 de junio de 2020
09:36:01
Responder comentario