Mientras escribo en el cuarto, escucho a Norma, la vecina, emplear métodos muy convincentes para que «entre en cintura» su nieto y logre hacer de la casa una escuela: «¡Hasta que no hagas las tareas, no hay juego! ¡Si no estudias te vas a quedar atrás cuando empiece el curso! ¡Deja que hagan las pruebas y tus amigos pasen de grado y tú no!».
Hace días nos pidió una goma de borrar y lápices de colores para que Alejandro, que está en quinto grado, pudiese hacer los ejercicios de las clases, que cada mañana transmiten por la televisión cubana.
A ella, que tiene experiencia sobrada con niños, pues ha sido madre en dos ocasiones, esta etapa de aislamiento la ha llevado nuevamente a sentarse en la mesa del comedor a estudiar con el nieto, mientras su hijo mayor, el papá del pequeño, diariamente maneja una guagua transportando a varios obreros a sus centros de trabajo.
A Norma le sobran los recursos para repasarle.
A los 14 años, mientras asistía a la escuela durante el día, impartía clases nocturnas en la Facultad Obrero Campesina y hace un año se graduó en la Universidad del Adulto Mayor.
Aunque los impulsos de la edad le pudieran exigir que este es espacio de descanso y no de ocupar buena parte del día entre cuadernos y libros de texto, mi vecina, repartiendo su tiempo entre las labores de la casa y las funciones de maestra, ha logrado que su «alumno» se aplique. Y sin proponérselo, con su método de hablar fuerte y claro, me ha refrescado la Invasión a Occidente, los productos y las reglas de acentuación.


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