Cada día de trabajo en este diario supone nuevos retos, sobre todo para quienes, como yo, solo llevamos algunos meses de vida laboral. El escribir contra cierre, encontrar día tras día temáticas atractivas para nuestros lectores, entrevistar a grandes personalidades que siempre hemos admirado; y al pueblo, que más tarde nos leerá buscando respuestas, informar, ofrecer caminos para el análisis, superarte todo el tiempo, evitar parcializarse, secarse las lágrimas al escribir o dejarlas correr para que broten las palabras, son desafíos de esta profesión.
Con el tiempo me fui acostumbrando a escribir en la Redacción, con personas conversando a mi alrededor, durante las propias coberturas, esperando el transporte de regreso. Todo para adelantar trabajo y, principalmente, para no perder la emoción del momento.
En esa etapa, en la que sabía de antemano sobre qué temas iba a escribir, jamás pude imaginar que más tarde estaría aislada en casa, reinventándome cada día frente al teclado, buscando inspiración en los libros, en las simples cosas, en lo cotidiano, para así ganarle la batalla al tedio, a la ansiedad, a los temores.
Ahora que me encierro en el cuarto a escribir sin tener que lidiar con interrupciones ajenas, a la par que extraño los debates constantes en el departamento, me acompañan otras preocupaciones: si la lavadora ya terminó, si empezó algún programa que quiero ver, si es la hora de los ejercicios… Pero cuando la musa baja no importa nada más. Uno deja lo que esté haciendo y garabatea pensamientos en el celular, en la agenda, en la computadora, o en la primera hoja con que nos tropecemos. El escenario es solo una formalidad. Lo imprescindible es halar la musa hasta nosotros.


COMENTAR
Ever dijo:
1
23 de mayo de 2020
12:49:27
Responder comentario