Reaparecen con un timbrazo sorpresivo, seguido de un diálogo que suele comenzar así: «¿A que no sabes quién te habla?».
–Dime dos palabras más y te descubro.
–¿Pero tanto me ha cambiado la voz? –se dispara el reproche del otro lado de la línea.
Establecidas las identidades, sosegadas las euforias, las conversaciones derivan por diferentes rumbos, a veces muchos años después de habernos visto por última vez. Si son cofrades de los días de la febril adolescencia, mejor no preguntar ni por Pucha ni Adelaida, despampanantes muchachitas que hicieron época al caminar por las calles del barrio: todas pasan de los 70.
Pero la curiosidad no siempre tiene riendas. –¿ Y Silvia la ñata, chico?
–Se mantiene, si tú supieras (¡misericordia!, que no se vea en tal diálogo destellos de un desaforado machismo; así éramos entonces y algo nos queda).
De los días dorados del gimnasio de la Universidad de La Habana surge una galería de figuras y comentarios: del doctor Cand, eminente profesor del Ameijeiras, se dice que todavía sería capaz de competir y ganar; a Alejandro, el as de los 75 kilos a quien le resultaba difícil mantener el peso, finalmente la boca le ganó la pelea y hoy exhibe una barriga de campeonato. Más de medio siglo después de que las palanquetas estremecieran la plataforma en sus estrepitosas caídas, se vuelven a establecer comparaciones entre fulano y mengano, quién era mejor en el envión, quien sobresalía en el arranque, quién se le escabullía con mayor astucia al profesor de lucha, el viejo Rodrigueiro, cuando este, vigilando anteojo en mano, mandaba a subir y a bajar corriendo, diez veces, la loma del estadio.
Las llamadas de los viejos amigos suelen aprovechar el momento para hablar de cine y formular las preguntas más diversas, desde cuántos extras participaron en Liberación, hasta la dieta seguida por Joaquín Phoenix para perder más de 20 kilos en Joker. Y, la más recurrente de las interrogantes vinculadas con el tema: ¿Cuál será el futuro del cine?; ¿acaso todo el mundo con nasobuco, dos asientos de por medio y el que tosa se va pa' fuera?
Al final de cada llamada, de tratar temas muy nuestros, algunos signados por una saboreada banalidad, votos recíprocos para terminar con éxito los días que corren y la promesa de volver a llamar, ¡seguro!, ¡cómo no!, sin necesidad de esperar que otra pandemia, ¡solavaya!, aparezca en el horizonte.


COMENTAR
Responder comentario