ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Un amigo pinareño publicó en su estado de WhatsApp varias fotos de la ciudad capital vueltabajera. No pude contenerme y le respondí –un tanto en broma y otro poco con la esperanza en la yema de los dedos– que le pagaba si tenía una instantánea de algunas cuadras más adelante. Él, que me sabe presa del gorrión de la añoranza, me replicó con una captura de mi calle natal. Un regalo de infinito valor.

Ciertamente, de esa casa familiar donde me aguardan mis seres más queridos, solo se ven la escalera, la baranda, el balcón y el ventanal. Los reconocí al instante. Detallé cada píxel, busqué a alguna persona conocida, a las mascotas del vecindario. Solo había tres transeúntes. La esquina habitual donde los bicitaxistas esperan por clientes estaba vacía. El portal de la bodega, siempre espacio de encuentro para los vecinos, lucía el triste aire de la soledad. El parque donde la wifi reúne a familias enteras en cualquier horario, estaba como si la ausencia le hubiese robado la vida. Dos bicicletas y el carro de mi amigo eran los únicos medios de transporte que se trasladaban a través de la Alameda, una de las avenidas más céntricas de Pinar del Río, testigo de un constante transitar, de niños y jóvenes jugando, de las fiestas populares, los desfiles.  

Sin embargo, esa desolación hoy me hace feliz porque, de mantenerse así, el peligro de contagio del nuevo coronavirus disminuirá para mi barrio, mi ciudad, mi país, y la distancia que me separa de ver más allá del ventanal, se acortará. Esa foto, mi reliquia de cuarentena, es solo eso, un instante, no el futuro.

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