La última vez que llamé a mi casa, mi abuela me preguntó que si no había posibilidades de que fuera a Pinar del Río para pasar bajo su ala maternal estos «tiempos de pandemia». Mi respuesta demoró. No lograba articular palabra alguna para decirle que los viajes interprovinciales están suspendidos, que es mejor no salir de casa, que mi profesión implica ciertos riesgos y sacrificios, que le soy útil a la sociedad manteniéndola informada.
Esa sarta de explicaciones bien la sabe ella, que no se pierde un noticiero ni una conferencia, no tanto por la familia, que está resguardada, como por la nieta que trabaja a 163 kilómetros; la misma a la que ella cuidó de pequeña, a la que le guarda durante semanas el maíz en el congelador para hacerle guiso cuando regresa a casa, la que nunca se había perdido un cumpleaños suyo, pero que este año, a causa del dichoso virus, se quedó lejos para no pegarle ni el «catarro».
Nadie sabe, pero cuento los días que llevo sin ir a mi natal Pinar del Río. Ya no quiero ni pensar en los que me restan –muchos más, lo sé–. Dice mi mamá que vio a papi sacando cuentas a ver cuánto falta para el pico de contagio en Cuba. Yo sé que esas sumas iban un poco más allá, intentando predecir cuándo podremos vernos.
Pero la distancia –infalible vacuna preventiva– no es lo que más duele, sino no estar allí para buscar yo lo imprescindible, exigirle a mami que se ponga guantes, a mi abuelo que no salga a la calle, o a mi hermana que no baje las escaleras ni para pasear a Caramelo. Cuelgo el teléfono, espero a que se sequen solas las lágrimas para no tocarme la cara, y escribo estas líneas para que a nadie más le incomode estar de cuarentena, con su familia.


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