ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Mucho necesitaba ese día que todos sus pasos fluyeran. Varias diligencias antes de llegar finalmente al trabajo, donde esperaban por sus manos no pocas tareas, debían quedar finalmente resueltas. Con fe en que estaría de suerte salió al camino y tocó, ya en el lugar indicado, la primera puerta.

«Espéreme allá, en el otro salón», le dijo casi con enfado la encargada de cambiar el turno médico, con toda seguridad, lo primero que haría ese día en su puesto laboral, a juzgar por la tempranísima hora que marcaba el reloj. Después de 30 minutos, al fin el cambio, sin mucha disposición de hallar el «huequito» para la fecha solicitada. Una última pregunta confirmó el fastidio. Huérfana de argumentos, la respuesta descreída hablaba de una puerta clausurada porque «unas aguas se botan y no hay baños para el público». Un bendito electricista, que electrizado escuchaba interrumpió: «Aquí, bajando la rampita hay uno».

Entró directo al baño, que usaría un segundo, para continuar viaje. Los ojos acusadores y duramente sostenidos de la seño que hace la limpieza fueron, a todas luces, una ofensa. Molesta, «porque hay gente que no cuida», respondió cuando se le preguntó, casi sintiendo culpa, cuál había sido el problema: «Es mi mirada, por si no le gusta».

Al llegar a la otra entidad que visitaría, alguien limpiaba el portal. –Pase por la orillita y siéntese allí, enseguida viene la muchacha que atiende la puerta. «¡Qué nobleza!», pensó, mientras la recepcionista, de esas que usan de vocativo la palabra «amor», interrumpió dulcemente el brevísimo descanso. –Buenos días, dígame. Y más atrás... –Mire, al final hay una escalera, suba y allí verá el departamento.

La funcionaria le dibuja una sonrisa. –Sí, adelante y póngase aquí para que le dé el ventilador. Y la escucha. Feliz por la delicadeza con que ha sido atendida, busca en la cartera dónde anotar, pero ha olvidado su agenda. Mire, –le dice la especialista–, que le alcanza una pluma con una hojita. «La Jefa de Personal se llama Gladys, y es en esa otra puerta», concluye.

Gladys va de salida, pero al ver que alguien la busca vuelve a entrar. Siéntese, le dice, y le da la explicación que se le solicita. Gladys y la funcionaria saben para qué están allí. Y saben del goce que deja en el ser mostrar la mejor versión de sí, que se traduce en cumplir con el trabajo, en ofrecer el mejor de los tratos –el mismo que merecen recibir–, en el gusto que se experimenta cuando se deposita en el otro una dosis de alegría.

Para algunos –no pocos, por cierto– tal parece que molestar, agredir, hacer todo lo que está en sus manos por que el otro salga lo más incómodo posible del lugar adonde ha ido a resolver un asunto es la máxima, un modo de sentirse triunfantes ante el derrotado, que se va insatisfecho y tendrá tal vez que volver una y otra vez a probar suerte.

Como si el precepto fuera «mi trabajo no es usted», ciertos individuos que ocupan puestos en los que necesariamente hay que tratar con el público actúan impúdicamente, desde el maltrato, el choque innecesario y la desconsideración, desestimando prestezas y cortesías, esenciales cartas de presentación de sus desempeños.

La infracción de la misión social en estos casos es a todas luces lo que ha de controlarse para bien de la Institución –que no marchará viento en popa si estas desidias la empañan–. Rostros largos expeliendo disgustos, bien porque el egoísmo les impide ponerse en el lugar del necesitado o porque les cuesta ser amables, pulverizan buenos resultados de centros prestigiosos, donde la entrega de otras personas difiere de estas actitudes.

No hacen favores los que «resuelven» el objetivo por el que un usuario o cliente se acerca a un centro, los que permiten pasar a un baño, los que hacen placentero el instante de comparecencia. El supuesto auxilio es el contenido laboral de esas personas, que necesariamente tienen que interactuar con desvelo, como elemental máxima de todos, para recibir lo mismo cuando la situación sea a la inversa y sean ellos los comparecientes.

Más allá de las conductas, hay que asomarse a las almas. No dormirán igual la auxiliar que cambia los turnos, la seño del baño, Gladys, la funcionaria… Quien asume la rudeza como norma propia, enferma de acritudes. Y no es karma, ni ley divina, es ejercicio al que se adapta el cuerpo, que no sabrá después reclamar esas dulzuras imprescindibles para que la vida nos sea transitable.  

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Francisco Ruiz dijo:

1

7 de septiembre de 2019

09:51:18


Todos esos energúmenos cumplen a carta cabal con e precepto de "Mi trabajo es usted". Ellos simplemente NO TRABAJAN. Y por eso no te atienden. Antes se llamaba en buen cubano: UNA BOTELLA.

José Barba dijo:

2

7 de septiembre de 2019

12:18:19


Pareciera que la amabilidad y la cortesía no existieran en nuestra sociedad, son incontables los momentos en que notamos su ausencia creando un ambiente vulgar y agresivo que realmente preocupa mirando al futuro. Es grato y nos hace gravitar, encontrar otra conducta que pareciera excepción cuando debiera ser costumbre. Lo esencial está dentro, en el pecho de persona buena. La familia es vital en este empeño de EDUCAR, más que instruir, y recuerdo a los míos, guajiros de campo, humildes, casi analfabetos, que invitaban a bajarse del caballo al que pasaba por frente a la casa para que tomara café. Cortesía y amabilidad, cosecha del alma del bueno, por favor, no cuesta nada!, sólo pensar que el maltrato es un bumerang, evite lanzarlo.

Jorge Fernández Era dijo:

3

7 de septiembre de 2019

14:44:36


Si esas mismas personas que se deben al público tuvieran tú misma sensibilidad, la vida se nos haría mucho menos compleja. No desmayemos en exigirnos esos pequeños detalles que son la razón de ser de una sociedad más humana y solidaria. Gracias, Madeleine.

Miguel dijo:

4

8 de septiembre de 2019

06:07:53


Como todos sus artículos toca el Alma. Ese lugar del que viene todo, aunque a algunos se les tuerce el camino hacia el lado equivocado. Ser amable, educado y servicial no cuesta nada y significa tanto para aquellos que necesitan de uno, tanto que su práctica no debería ser ajena a todos. Una vez más, gracias por un artículo tan educativo.

RAULITO dijo:

5

9 de septiembre de 2019

13:47:47


Un articulo muy educativo y muy vigente en los momentos actuales. Como dice el trabajo, el maltrato, el choque innecesario y la desconsideración, son actitudes que nos dividen como seres humanos en nuestra sociedad. Madeleine como siempre tratando temas muy sencibles y con muy buenos trabajos.

Estela dijo:

6

18 de septiembre de 2019

10:09:11


El concepto de Revolución nos incita a ser tratados y tratar a los demás como a nosotros mismos, esa debe ser la meta, tratar con consideración, respeto amabilidad, y buenas maneras a la otra parte nos retribuye de manera positiva, nos hace la vida más agradable en este entorno tan complejo en el que vivimos. Debiera ser una meta para todos y todas, aunque no trabajemos en los servicios directamente.

Alina Beatriz dijo:

7

23 de septiembre de 2019

22:01:43


Madeleine, necesito, que me publique un reconocimiento al organo de justicia laboral del HME. saludos

Alina Beatriz dijo:

8

23 de septiembre de 2019

22:05:35


estoy de acuerdo con usted, y nosotros mismos nos engañamos y engañamos a los demas, pero la descortesia, el maltrato, y la falta de sencibilidad, viene desde arriba, el director o la directora de una isntitucion, la secretaria, que dice que el jefe no esta, y asi es una cadena, que un dias tendra que acabar

Alina Beatriz dijo:

9

23 de septiembre de 2019

22:07:29


pero hay cosas buenas que hay que decir y publicar, le envio un escrito miio, donde felicito a los que cumplen su trabajo con calidad. por favor le pido me lo publique