En una hipotética entrevista sobre su vida, mi mamá diría todas las veces que sus peores años fueron los que yo pasé en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, en Santa Clara. No lo dijo en aquel momento porque el sacrificio está incorporado en el oficio de ser madre. Y también porque no quería que mi conciencia se remordiera, ¡tanto disfrutaba yo ser «ipeveciana»!
Fue así como, con años de retraso, me ha llegado su entrega en aquella difícil época donde mi lucha con la Matemática y las constantes carencias de agua en la escuela no dejaban mucha materia gris para más preocupaciones. Ella llegaba los domingos después de una madrugada entera trabajando y después de lavarme el uniforme caía rendida casi hasta la hora del regreso.Tiránicamente, le exigía mantener los ojos abiertos mientras le contaba otra vez mil y un cuentos que durante la semana, mientras iban aconteciendo, le transmitía vía telefónica, incluso con mayor valor noticia (yo desconocía el término en aquel entonces) debido a la inmediatez con que daba cuenta de cada uno de los sucesos. Mami quería oírme, siempre hemos sido cómplices, pero su cansancio dominaba cualquier minúsculo esfuerzo físico por su parte.
Luego vino la universidad, que sufrimos juntas en el momento del primer dos, y frente a las injusticias implícitas dentro de cualquier situación, como parte de una especialidad tan subjetiva y dependiente del gusto de los otros.
Para ella, mi crítica más certera y al mismo tiempo la más cariñosa, casi todos mis textos son siempre buenos, pero ha sabido magistralmente (como periodista también) oponerse a que yo publique cualquier cosa.
No puedo recordar, aunque he demorado varios minutos en escribir lo que sigue, algún instante de mi vida en que no estuviera. En mis luchas más encarnizadas, desde mis etapas de ajedrecista, me acompañaba en las indecisiones de las aperturas, y en el peor de los resultados encontré su mano para consolarme. Me acompañó en la transfiguración de mí misma, durante mis años de teatro aficionado; incluso, cuando quise ser gimnasta, alejada de reales posibilidades mirándolo desde hoy; en las recogidas de materias primas o cuando me dio por los concursos de Español.
En la última de mis expediciones memorables, la recuerdo con una sonrisa en el rostro en el momento que salí del salón, con mi (nuestro) pequeño hombrecito en los brazos. Yo, justifíquenme si pueden, con el miedo en el rostro por todo lo que venía en lo adelante y ella con su paciencia redentora dispuesta a enseñar la asignatura mayor, la que aprendes o aprendes, porque la quieres aprehender de la mejor forma.
Y luego, las noches de desvelo, cuidando mi soñar despierta, más cansada ella que yo, pero el bebé corría el riesgo de caerse de mis brazos cansados y mami resistía más que en mis años de preuniversitario. Al menos yo procuraba mantenerme despierta por el sexto sentido que acompaña a todas las madres del planeta pero, ¿y ella? ¿Se mantenía despierta por lo mismo?
En mi dolor durante la lactancia vi en su mirada el deseo de sufrir por mí, de una esotérica forma que hasta ahora descubro. Todo el tiempo repite que el niño son sus ojos y no puedo imaginar un mejor regalo. Que los dos se amen, como lo hacen, ese podría resultar un dignísimo reconocimiento aunque no he hecho nada para merecerlo. De modo que si soy sincera, no sé de dónde saca toda la paciencia del mundo para perdonarme, porque mi mamá no tiene Alzheimer y son muchas mis incomprensiones.
Hoy no intento una disculpa porque mañana volveré a errar y caería en un sinsentido, en una ilógica repetición de disculpas para siempre. No es que el arrepentimiento no pueda ser acción en presente continuo, cuando te equivocas con los que amas no importan las veces que seas capaz de reconocerlo. Es que todas estas líneas pudiera haberlas resumido con apenas dos palabras: gracias, mami.


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Felix Orestes Suarez dijo:
1
27 de febrero de 2019
19:21:11
Arquero dijo:
2
28 de febrero de 2019
16:16:09
Andrachi dijo:
3
28 de febrero de 2019
18:27:01
Dayi dijo:
4
8 de marzo de 2019
16:00:16
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