ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En 1783, a los hermanos Esteban y José Montgolfier se les ocurrió la brillante idea de inflar un globo de 500 metros cúbicos con aire caliente y de esa manera la humanidad presenció la primera ascensión de un aeróstato.
Poco después, estos mismos Montgolfier inflaron un globo más grande y metieron en la barquilla un gallo, un carnero y un canario. Los Montgolfier no eran bobos. Dejaron que el primer experimento humano lo hiciera un tal Pilatre de Rozier, quien se elevó el 21 de noviembre de 1783 «en condiciones peligrosísimas por cuanto alimentaba el globo con paja quemada, que lo exponía a un incendio constante durante la travesía». (Imaginamos que a Pilatre de Rozier le decían el Loco en el barrio).
En el siglo siguiente la humanidad siguió inflando globos con alegre irresponsabilidad. El aeróstato se popularizó considerablemente. Y las caídas también. Aunque algunos tuvieron la suerte de no caerse nunca, como el de Matías Pérez, que se convirtió, sin querer, en el primer satélite artificial de la Tierra.
A principios del siglo 20, el deporte de inflar globos cobró inusitado carácter científico cuando el conde alemán Zeppelin inventó el dirigible. En julio de 1908 Zeppelin montó al rey y a la reina de Wurtemberg en un dirigible, el modelo 4. Los reyes se salvaron por un pelo, ya que «este mismo dirigible el 5 de agosto de aquel año fue destruido en Echterdingen por una tempestad y una explosión de gas». No obstante, el zeppelin adquirió gran prestigio en los años siguientes y los alemanes lo utilizaron para bombardear a Londres en la Primera Guerra Mundial. Al parecer, no fueron muy efectivos, pues «los aparatos eran descubiertos por los potentes reflectores de la ciudad y cañoneados seguidamente». Después de este desastre, cualquiera podría pensar que el mundo dejaría de inflar globos de una vez y para siempre. Grave error. Inglaterra copió el modelo del zeppelin y construyó el r-33 y el r-34, «que no obtuvieron el resultado esperado como tampoco el r-38 que, vendido a EE.UU., se rompió en el aire durante el viaje de pruebas». Inglaterra no se desanimó. En 1924 perfeccionó el r-100 y en 1929, el r-101. El r-100 cruzó felizmente el Atlántico dos veces, pero el r-101, «al emprender un viaje a la India, chocó contra el  suelo en el norte de Francia, incendióse y perecieron casi todos sus ocupantes». A estas alturas los ingleses se pusieron en la viva de que inflar globos era peligroso y abandonaron su programa de dirigibles.
Por su parte, ee. uu. compró el dirigible «Roma» –una maravilla de zeppelin que les vendió Italia en 1921–, que al año siguiente se estrelló. Entonces decidieron hacer las cosas ellos mismos, y copiando el modelo alemán l-49 (el conde Zeppelin seguía haciendo estragos), crearon en 1924 el Shenandoah, que realizó numerosos viajes exitosos hasta que explotó en el aire durante una tempestad. Después los norteamericanos emplearon el gas helio como sustituto del hidrógeno, «algo más pesado, pero incombustible» y construyeron los gigantescos Akron y Macon.
Después de eso, el dirigible pareció caer en desuso.
Hasta que surgió el neozeppelin, una versión moderna, atrevida, aerodinámica... una especie de hombre globo que ya no emplea el gas helio para inflarse. Utiliza el gas-tabla, que es mucho más eficaz.
El neozeppelin anda con dos bidones de gas-tabla ajustados a la espalda. Hay que verlo. ¡Tremenda tabla que tiene el neozeppelin!
Su técnica es aplastante por el entusiasmo que genera, y una de sus expresiones favoritas es la misma que empleó el duque de Wellington a las seis de la tarde en Waterloo: «Esto está querido». Aunque también usa otras como «no hay tema, social, si no hay condiciones, las inventamos... aquí sí que no, aquí pintamos Son en el aire».
En el aire. Ese es el problema del neozeppelin. Siempre está en el aire, a mil millas de la tierra, flotando en el alarde, navegando dulcemente en los espacios siderales del idealismo subjetivo, suspendido en el infinito de la globodemagogia.
Cuando al neozeppelin se le pide una opinión –oral o escrita, no importa–, abre la llave del gas-tabla y un maravilloso globo multicolor empieza a inflarse. Si se le consulta sobre una meta, si se le plantea la posibilidad de un proyecto, el neozeppelin alcanza las dimensiones gigantescas del Akron y del Macon.
Y después, cuando viene el escache, el neozeppelin –que es un genio de la anticrítica– apela de nuevo a su recurso del gas-tabla y empieza a inflar los globitos de la justificación, la excusa, el bloqueo, y la culpa la tiene Cheo que me embarcó.
El neozeppelin parece infalible.
Afortunadamente, tiene un pequeño defecto. Tarde o temprano, siempre explota en el aire.
 (Crónica tomada del libro Limonada)

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