ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Son las once de la mañana de un caluroso día de septiembre de 1981 en Ciudad Ho Chi Minh.
Por las ventanas de la salita de reuniones de los Estudios Generales de Cine, no entra ni un soplo de brisa. En el techo giran inútilmente las aspas de un viejo ventilador. A cada instante me abanico la cara sudada con mi libreta de notas.
Estamos sentados en torno a una mesita de patas gruesas y muy cortas, sobre la que nuestros anfitriones  han  dispuesto tazas de té, platillos con jalea de arroz y dos paquetes de cigarrillos nacionales. A mi lado, el documentalista cubano Bernabé Hernández, mi compañero de delegación, y Perla, nuestra traductora; frente a nosotros, sonriendo, el más famoso cineasta de Vietnam, Hong Sen, director de Campos desolados.
Ya traíamos noticias sobre Campos  desolados desde Hanoi, a través del entusiasmo del escritor Trang Huang Bach (autor del guion de otro largometraje vietnamita de la década: La última esperanza). Sabíamos  que  había sido rodado en  1979,  en  los  arrozales del delta del río Cuu Long,  en el sur, y que  era un filme de  amor  (con la guerra como trasfondo) hecho  con escasos recursos, pero con impecable pericia artística.
En las primeras horas de la mañana, asándonos de calor en un minúsculo cuarto de proyecciones, vimos el  filme. Era, realmente, extraordinario: un poético documento  sobre  la desigualdad de la guerra  entre  Vietnam y usa; humano,  construido  sin  estridencias panfletarias.
Es difícil calcular la edad a Hong Sen, acaso unos 45 años. Como todos los vietnamitas, es delgado,  de  baja  estatura y fibroso. Bebe  sorbitos  de té  y  fuma un cigarrillo tras otro.  Le  pido que cuente algo sobre Campos desolados. Voy anotando algunas de sus respuestas.
El  filme  está  inspirado  en  un  cuento  del  escritor  Nguyen  Quang  Sang.  Se  desarrolla  en  la misma zona donde Hong Sen hizo la guerra y donde rodó el documental El camino que va hacia adelante, premio en el Festival de Moscú de 1969. En esa zona (Dong Bang Song Cuu Long), Sen luchó y fue herido en varias oportunidades. Sus años como camarógrafo de guerra le han servido de mucho para hacer ficción; con voz pausada, narra algunas de sus experiencias antes del triunfo:
–Mis compañeros le apuntaban al invasor con sus fusiles; yo con el teleobjetivo. A veces, durante los bombardeos, metía los 36 kilogramos de equipos en un nailon y me sumergía hasta el cuello en el agua. Una vez permanecimos cinco días en un arrozal. Comíamos arroz crudo y junquillos… «¿Le habrá entrado agua al nailon?». No podía dormir. Primero pensando en mi cámara; después porque me ahogaba.
–Hay una secuencia del filme que me  parece particularmente significativa.  Es aquella en que entran por primera  vez los helicópteros. La protagonista  los  mira  fascinada: de pronto comienzan a disparar.
–Sí, eran animales grandiosos. Podían haber servido para la agricultura, para muchas cosas útiles. Pero los americanos los convirtieron en una pesadilla volante para nuestro pueblo…
«Como sabes, en el filme los helicópteros son protagonistas, encarnan al enemigo todopoderoso, al  invasor;  son  el  arma  superior,  que  había  que  combatir  sin  derribar,  porque  la  aviación estratégica  podía  usar  el  aparato  abatido  como  señalización  para  bombardear  las concentraciones guerrilleras… Muchos amigos murieron a causa de los helicópteros. También un  tío  mío,  viudo,  que  siempre  decía  que  un  soldado  que  lleva  el  amor  en  la  mochila  es invencible,  aunque  muera.  ¿Recuerdas  esa  frase  en  el  filme?  Es  de  él:  no  está  en  el  relato  de Quang Sang…
«A mi tío lo cazaron desde un helicóptero. Era ya un viejo, pero tenía agilidad. Estaba solo cuando  lo  vieron.  Lo  persiguieron  sin  dispararle,  para  verlo  correr  como  un  animal.  Era  un hombre  solo,  con  un  fusil  contra  una  máquina  de  muerte.  Finalmente  lo  acribillaron.  Cuando encontramos su cuerpo descubrimos que en un bolsillo llevaba un estropeado daguerrotipo de la que había sido su esposa». Calla un instante. Bebe un sorbo de té.
–Cuando filmé la escena donde el helicóptero y el protagonista principal luchan, lloré.
Nunca, durante la guerra, lo hice. Y esa tarde, rodando la escena, derramé  viejas lágrimas por todos los caídos, por el hombre que, con un fusil y la foto de su esposa muerta en el bolsillo de su raído pantalón, combatió contra el dragón de acero,  como un héroe de la mitología de mi pueblo…
Son las ocho de la noche. Desde la terraza de mi cuarto en el hotel Huu Nghi, contemplo las motos, bicicletas y ciclos (triciclos taxis) que hormiguean por la avenida Nguyen Hue, que va a desembocar en el Mar de China.
Ha refrescado un poco la temperatura. El cielo se ve despejado y sobre la ciudad parpadean las estrellas.
En el radio que está junto a mi cama, se comienza a escuchar en la delicada voz de una soprano vietnamita, una canción de melancólica música; conjeturo que la canción habla de amor.
Aunque bien pudiera ser también un himno de guerra. O las dos cosas. ¿No decía el tío de Sen que es invencible el soldado que lleva el amor en la mochila?

*Crónica (1984) tomada del libro De nube en nube.

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Maria Antonia dijo:

1

13 de febrero de 2019

10:46:04


Hermoso y conmovedor, como todo lo de Wichy, cuando se nos fue, lo lloraba como si fuera mi familia.

Eugenio Selman dijo:

2

18 de febrero de 2019

21:59:40


Amigo, hermano, camarada, lo recordamos siempre.