Ya se sabe: cuando algún conocido emprende el viaje inexorable, el recuento con los puntos comunes que nos unieron a él se hace inevitable. Si es de los cercanos –un familiar, un amigo, alguien con quien compartimos escuelas, centros laborales o la cuadra del barrio– se nos antojan las coincidencias, lo que un día, significativamente, nos dijimos.
Si el que parte es un ser que se dio para el bien de muchos, si su vida es símbolo de desvelos y entrega, no tiene que habernos hablado, ni mirado, ni con nosotros haber compartido un espacio, para también repasar los rasgos del carácter, las luces de su vida, esas que lo convirtieron a fuerza del brillo de las actitudes propias, en pilar humano.
Con el Gallego Fernández (José Ramón Fernández Álvarez, Héroe de la República de Cuba y general de división de la reserva), me pasó que, desde niña, cuando no tenía la menor idea de la historia de vida de ese hombre, se lo oía mentar a mi padre, profesor consagrado que cumplió misiones en el Mined, en alguna conversación casera. De él solo sabía que era entonces el Ministro de Educación.
La formación política que recibí en la escuela, la educación, la adultez, la lectura, se encargaron de decirme después de su complexión moral, de su entrega absoluta a la conducción de la Revolución, de su destreza en Girón, de su probada lealtad, de todo lo que se sabe y por estos días mucho se ha escrito.
Sucedió que habiendo sido (respecto a mí) de los que conocemos de lejos, «saltó» al bando de los otros, de los que recordamos especialmente por haber tenido al menos un intercambio breve, pero eterno en el pensamiento.
–Te llamó el Gallego Fernández, me dijeron al llegar a la casa.
–¿A mí?, ¿el Gallego? –sí, sí, preguntó por la periodista.
Al otro día, en la redacción del diario: –Soy yo, dígame.
Me habló el Gallego, con una voz tan cálida, que sentí cercana. Lo conseguían las cosas que me dijo, a propósito de un trabajo nuestro publicado por esos días, que denunciaba desfachateces de la conducta y la descortesía verbal de ciertos temas musicales.
Si usted supiera –me dijo– cuánto ha hecho este país por conseguir que la gente sea amable, que las personas se consideren entre sí, cuánto se ha hecho por que las personas se comporten con educación, por que lean y sepan lo que significa el respeto en las relaciones humanas… Más o menos esto me dijo, e insistía, ¡pero no podemos cansarnos! los periodistas, los maestros, todos tenemos que ganar todavía muchas batallas.
Durante el día, me sobrecogió la persistencia del Gallego, que solía llamarnos cuando lo consideraba oportuno, pedía los teléfonos, daba con nosotros.
Unos dos o tres años habrán pasado de la anécdota, sencilla pero honda, la que guardo conmigo. Era ya el Gallego nonagenario cuando me habló. Y por más optimistas que seamos, sabemos que, a esa edad, la vida real se mira de donde estamos para atrás.
A otros, acaso de los que piensan solo en sí mismos, no les habría preocupado tanto –ni siquiera se habrían tomado el trabajo de levantar el teléfono– el bienestar emocional y cívico que es preciso sostener entre la masa que integra un país, entre su gente.
Pero al Gallego sí. Un hombre que conquistó, defendió con sus manos la Revolución, y veló tenazmente por ella, no podía ser de los que pensara que estando él lejos de lo que anduviera mal, estaría a salvo. Pelear, educar, persistir por las luces del mañana, esa fue la divisa que en lo personal me dejó.
Y sé que, como él, otras pupilas longevas batallan también por el futuro claro de sus hijos.


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Enrique Mogensen dijo:
1
10 de enero de 2019
22:16:02
Jesus S dijo:
2
11 de enero de 2019
09:33:53
J.Castelló dijo:
3
11 de enero de 2019
15:15:59
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