ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En casa de profesores que empezaron niños, es difícil que sus niños crezcan ajenos a las historias de escuelas.

Aunque tuvimos una beca adolescente de poco tiempo –yo los tres cursos de vocacional y mi hermano de atleta nacional un par de años– llegamos a ella con la experiencia curtida de anécdotas domésticas.

Del legendario Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech –creado tras la explosión de matrícula y la edificación de muchas nuevas escuelas en el campo–, mi padre integró el tercero y mi madre el cuarto de los cinco contingentes de maestros en ciernes que salvarían la formación de una generación entera de cubanos.

Era 1974 y ambos contaban con 16 años, cuando recién salidos del décimo grado de secundaria, decidieron irse a formar como docentes al Pedagógico establecido en la Veguita 4, de Yara, que atendía las unidades de la entonces provincia de Oriente.

Allí llegaban las guaguas en la mañana, cargadas de muchachos a adiestrarse en las hermosas herramientas del magisterio, y de allí partían después de almuerzo los mismos imberbes, a las escuelas donde ejercitarían en caliente, con alumnos tan vejigos como ellos,  las habilidades aprendidas en la sesión matutina.  

Un día bajaron allí, al unísono y de guaguas diferentes, nuestra madre y nuestro padre, se cruzaron, y en el curso siguiente montaron juntos esa otra guagua familiar en que siguen viajando 43 años después.

Pero a esas historias de amor pedagógico que empezaron a tejer unidos, para contarnos luego en los años del crecimiento nuestro, antecedieron otras de la soltería adolescente, de las travesuras entre amigos de aula, de las maldades típicas de la beca, y algunas ligeras o más profundas, como aquella del primer pase del viejo, el primer mes del primer año de su primera y única carrera.
«Llegué a casa loco por contar mis estrenos, cuando mamá me señaló un pliego sobre la mesa, cuidadosamente envuelto en forma de tubo.

«No recuerdo el número, pero era una revista Educación. En el papel del sobre llevaba unas palabras delicadas, íntimamente familiares y a la vez de un respeto elevado; porque a pesar de ir dirigidas a mi nombre y dirección, yo, un flaquito de 16, de los humildes barrios altos de Manzanillo, era de pronto tratado de usted.

«La firma abajo era larga, sobre un nombre conocido: José Ramón Fernández, ministro de Educación».
Cuenta el viejo que no lo creía. Primero, porque hasta hacía pocos días conocía de aquel héroe cubano solo en las historias de Girón. Luego lo vio allí cerquita, en la escuela suya, como quien va en persona a dar la bienvenida a aquella experiencia nueva, y les explicó al detalle, finamente, el propósito del contingente, la necesidad que Cuba tenía de ellos. Que lo hizo en lenguaje llano, que todos entendían, que enamoraba, que después del tremendo comunicador que era Fidel, el viejo consideró que iba aquel blanco alto, ministro de cargo, pero un amigo cercano, casi padre a juzgar por cómo habló, tal cual hace un pedagogo completo, maestro en toda circunstancia.

«Para mí fue más grande entonces. Al volver supe que tuvo el gesto con cada compañero mío, y luego lo repitió, muchas veces y de distintas maneras, de modo que aquella delicadeza suya lo sembró para siempre en el cariño entrañable de mi generación».

Un mediodía de febrero de 2012 almorzábamos en casa de los viejos la familia que éramos los cuatro, más las esposas de los dos hijos crecidos, e incluso, la primera de las cuatro nietas.

Andaba el mayor, el periodista, en una serie de trabajos sobre ciertos oficios deprimidos, y el empeño educacional de fortalecer entonces la formación de técnicos y obreros calificados mediante aulas anexas en los talleres y fábricas.

Comentábamos el último, en la sobremesa, de unos niños de 15 y 16 años que daban clases temprano y se iban en la tarde a cortar caña sobre una combinada, para hacerse obreros; cuando al teléfono una voz grave solicitó al reportero, «que el vicepresidente quiere hablarle…».

Ante la vista expectante de mis padres, el estupor de la sorpresa y la tensión por no perder una sola palabra del interlocutor –al que solo atiné a repetir varios «gracias» nerviosos–, reviví el anecdótico orgullo de los maestros bisoños, a la par que disfruté los diez minutos de una conversación en extremo delicada, íntima y amiga, en que el acento pausado y venerable de un gallego muy mayor me agradecía, felicitaba y conminaba a escribir más líneas como aquellas.

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Rafael dijo:

1

11 de enero de 2019

10:39:08


Hermoso reportaje y extraodinariamente merecido y sin discriminación para m i concepto uno de los mejores m inistros que tuvo educación, los detalles de las cartas del gallego, se extendía cada año a todos los educadores, sus convocatorias a reuniones Nacionales con directores de escuelas en el campo, de las cuales fuí miembro por más de 15 años, para de primera mano darnos orientaciones precisas y certeras, el encuentro que nos propició con Fidel en el Teatro Carlos Marx, todo un acontecimiento, ese era El Gallego Fernandez, su ejemplo debe ser seguido hoy más que nunca.