A punto ya de convencerme de que podría morir sin ver en los cristales traseros de los carros particulares una frase de generosidad o amor, la sorpresa me juega una «buena» pasada.
En un auto propio detenido en un semáforo, leo al tiempo que sonrío: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón». El voto cosmopolita de Fito Páez –que citan una y otra vez los optimistas, cuando es preciso animar a los enfermos de desesperanza– anda salpicando de dulzura la ciudad, salvando con su mensaje alentador a quienes, como yo, han pensado que más allá de vulgaridades o sentencias de poca monta, no sería posible hallar en ellos algún toque de amabilidad.
No es preciso, puesto que desandan con total impudicia, enunciar la sarta de banalidades de que algunos se hacen acompañar al colocar semejantes proposiciones en sus propiedades, que no por ser particulares se reservan –por razones obvias– solo para el entorno de su dueño.
Innegable resulta el sabor amargo dejado en quienes las advierten, porque las palabras tienen poder sobre los estados de ánimo, y pinchan y laceran cuando denigran, cuando denotan la prepotencia de quien las defiende, cuando se cargan de ideas que agrietan la decencia.
Por suerte, también tienen dominio las otras, las que describen la belleza, no la de la perfección física, que se aja en poco tiempo, sino la que estalla de gusto cuando el mensaje aúna, cuando el decir es inclusivo, cuando lo proclamado provoca beneplácito.
La frase hallada, la de la arenga en pos de la resistencia, la que el auto de estas líneas lleva sobre sí, deja pensando en grande a quien la alcanza, y anima a congregar, a construir, a ponerse del lado de quienes no escatiman energías y ponen, ante todo, el corazón.
Cuando una idea se asienta, cuando dentro de sí fragua su verdad, no hay proyecto personal que consiga evadirla. La voz muta en convicción, marca el ritmo y atempera todo lo que toca aquel que la hace suya.
Con efecto surtidor se pulverizan hacia los más cercanos las fórmulas que asumimos. El bien, la apatía, la irresponsabilidad, el compromiso, la palabra empeñada, la trampa, el desliz, la insolencia, lo magnánimo… ¡todo! cabe en las palabras, que nombran, según sea el caso, lo que enorgullece o avergüenza.
Si en un colectivo, un hogar, un grupo de cualquier tipo prevalece el «si total, no hay más na’», el «no cojas lucha», el «ese no es mi problema» o el «suave pa’ que se te dé» sus miembros tienen grandes posibilidades de acatar sus significados como filosofía de vida. Si los mandatos compartidos son del tipo opuesto, ocurrirá también la natural incorporación de las certezas asumidas.
No pasa menos con mensajes que pugnan por afianzarse y llegan, lamentablemente, hasta mucha gente, desde textos musicales, modismos vulgares o desde esta misma realidad urbana, donde se discrimina, se da paso a la burla y se irrespeta el pudor del transeúnte, que somos todos.
Por suerte está la contracara, y quien busca, encuentra. Siempre una luz en forma de palabras avisa al alarmado, salva al agredido, invita al que no quiere contaminarse con lo que no hace bien. Y en esa amalgama del ser con la voz de lo tremendo, es donde el crecimiento despunta y se establece.
El suceso narrado no es uno más de los que tiene un día. La voz me habla. Me provoca. Me pide compartirla. Que la palabra que escojamos como lema se parezca a quien se entrega a las causas nobles que alguien creyó perdidas. Después, a repartirla. Tal como hace el que buscó esa frase y no lo pensó dos veces para colgarla a sus espaldas.


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Alejandro Fernández Costa dijo:
1
21 de diciembre de 2018
05:31:13
Madeleine Respondió:
21 de diciembre de 2018
10:46:47
Enrique Mogensen dijo:
2
22 de diciembre de 2018
19:19:24
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