Mi abuela tenía una mirada que mi madre trató de copiarle para aplicársela a sus dos hijos como la mejor manera de paralizarlos, muy especialmente ante una intromisión o palabra impropia pronunciada en presencia de personas ajenas al entorno familiar.
Nunca lo logró mi madre, como tampoco lo pude yo cuando, años después, recurrí a esa mirada única como recurso educativo frente a mis hijos, que sin tapujos –uno tras otro en diferentes etapas– se rieron de mis intentos de imponerles obediencia mediante una expresión que, mal reproducida, me convertía en un payaso.
Dudo que el mejor actor hubiera podido copiarle la mirada a mi abuela, capaz de pasmar también a dos primos, durante una larga etapa en que convivimos juntos.
Se reía mucho mi abuela, pero tenía un alto sentido del respeto y las buenas costumbres, con un punto culminante en aquella
mirada recriminadora, que le paralizaba los músculos del rostro y le hacía retorcer el ojo derecho como si quisiera llevarlo a la altura de la ceja.
Como niña campesina, vio morir a sus hermanos de hambre durante la reconcentración de Weyler. Subsistió por ser la mayor y gracias a sus mañas para procurarse comida entre las sobras dejadas por la tropa española. Muy jovencita, la soga con la que amarraban a una chiva se le enredó en un pie, el animal echó a correr por un terreno pedregoso y las lesiones sufridas hicieron que años después le amputaran una pierna, lo cual no fue óbice para que engendrara dos hijas más. Con las cinco que en total tuvo –dos muy pequeñas– se apareció en La Habana al quedarse viuda. El Capitolio no estaba construido, pero estuvo entre las primeras en retratarse con la cúpula detrás de ella.
Mi abuela se vio obligada a recurrir a un aspirante a concejal para que le consiguiera una beca a un primo mayor, bastante tarambana. A cambio, el aspirante le exigía varias cédulas para utilizarlas en unas próximas elecciones.
Vendría a visitarla un ayudante del político y, queriendo causar una buena impresión, se sentó en el portal y nos pidió a mis primos y a mí que le pusiéramos un periódico en las manos. Las relaciones no andaban nada bien con ella por aquellos días debido a su negación rotunda a aceptar pretextos para no asistir a la escuela, y el momento de la venganza (cruel venganza) se nos propiciaba.
Como no sabía leer ni escribir, le pusimos el periódico al revés con una página de solo texto. Pero algo sospechó justo en el momento en que el visitante desembocaba por la verja del portal. Revisó rápidamente varias páginas y una fotografía le hizo ver el timo del que había sido objeto y que arregló virando el periódico en un santiamén.
–¿Leyendo, doña Juana?
Ese día no hubo miradas furibundas, pero sí una persecución en muletas a lo largo de la casa, rematada por los almuerzos y comidas que con mucho amor nos preparaba.


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sofia dijo:
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11 de noviembre de 2018
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desiree dijo:
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Almir U. Mestre León dijo:
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rrolando pérez betancourt dijo:
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liudmila sanchez dijo:
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carlos dijo:
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jorge luis dijo:
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alejandro dijo:
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20 de noviembre de 2018
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