Antes de escribir estuve haciendo una pesquisa extraterritorial para quitarme de encima las influencias, nada halagüeñas, de lo que estoy viendo a diario.
Leyendo opiniones emanadas de diferentes latitudes y entornos culturales sale a relucir entonces que los buenos modales –esa manera de comportarse con respeto ante los demás, y hasta con uno mismo–, enfrenta un potencial riesgo de extinción, lo cual pudiera parecer un tremendismo si no fuera por el concierto de voces que aquí y allá se alzan para afirmarlo.
Kate Reardon, editora de Tatler, revista de la alta sociedad británica –preocupada ella igualmente por lo que está viendo– escribió una lista de recomendaciones dirigidas a alumnas de un colegio de élite de su país. La premisa de la que parte la periodista está muy clara: usted puede tener la mejor educación del mundo, pero si carece de buenos modales las puertas no se le abrirán de la misma manera.
Pudiera pensarse que las recomendaciones de la Reardon, a partir de su origen y del auditorio al que se dirige son «exquisitas», pero si bien resaltan en ellas consejos inherentes a un futuro laboral en una sociedad marcada por la fuerte competencia, lo que abunda es un recordatorio de viejas y necesarias buenas costumbres desdibujadas en el tiempo, desde dar los buenos días y las buenas noches, hasta lo nefasto de comunicarse a gritos o «hablar de ti todo el tiempo con un interlocutor que terminará por aburrirse».
Dar las gracias, saludar, ser cortés, no desagradable, la proverbial puntualidad inglesa –regla número uno entre ellos– son aspectos que preocupan a Kate Reardon. «Llegar tarde –escribe–demuestra que valoras más tu tiempo que el de la persona que te está esperando».
Y así se detiene en los teléfonos celulares, fausto invento que en manos de no pocos puede convertirse en una afrenta, principalmente cuando se mantiene una conversación con alguien que permanece todo el tiempo atento a la pantallita como si de ella dependiera la noticia de la llegada del fin del mundo.
Dejar tu teléfono celular sobre la mesa durante una comida o reunión -asegura la Reardon– implica que cualquier cosa que se diga a través del aparato es más importante que la persona con la que estás sentado.
De la apariencia opina: no se trata de hacer un esfuerzo sobrehumano por parecer actrices o actores de Hollywood, sino de cosas simples como lavarse el cabello, cortarse las uñas y vestir ropa limpia. «Si te ves como alguien que no se tiene respeto a sí mismo, ¿por qué los demás deberían respetarte?».
Y aunque las recomendaciones de la editora van dirigidas a un colegio de alumnas de élite de su país, los nuevos tiempos recaban franqueza, de ahí que no dude en recomendarles algo con lo que se pudiera estar, o no, de acuerdo: «Ducharse inmediatamente después de haber tenido sexo es de mala educación».
Todo lo otro que dice es difícil ponerlo en tela de juicio porque pertenece a una lista harto conocida, en la que también aparecen el estruendoso reguetón del vecino, las malas palabras como enlaces prosódicos, la indiferencias de ciertas caras que atienden al público, el irrespeto padres-hijos, la conversación en los cines, la falta de cortesía en los ómnibus, la deferencia hacia las mujeres, y de ahí para allá todo lo que el lector conoce y quisiera agregar en esta hora en que los buenos modales piden a gritos (ahora sí justificados) un rescate.


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Claudia dijo:
1
26 de octubre de 2018
07:26:08
Zyanet dijo:
2
26 de octubre de 2018
09:10:47
Janet dijo:
3
26 de octubre de 2018
22:08:49
dinorah dijo:
4
27 de octubre de 2018
08:31:11
Salome dijo:
5
27 de octubre de 2018
08:35:34
victor Respondió:
5 de noviembre de 2018
14:22:10
Daniel dijo:
6
28 de octubre de 2018
08:27:19
REYNALDO FALCON TORRES dijo:
7
2 de noviembre de 2018
11:22:07
noel dijo:
8
2 de noviembre de 2018
13:24:56
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