Es muy posible que desde los puestos de mando de las naves de guerra norteamericanas y de la OTAN que merodean las costas sirias, se observaran movimientos inusuales en algún poblado de la nación árabe durante el pasado domingo. Pero sería imposible que por las cabezas de los militares pasara siquiera la sospecha de que en el país agredido se estuviesen celebrando elecciones municipales para elegir democráticamente a quienes a esa instancia dirigen los destinos del país.
Allí, en la costa oriental siria, ya se han desplegado tres destructores estadounidenses, el USS Carney, el USS Ross y el USS Winston S. Churchill, equipados con misiles de crucero tipo Tomahawk. Estos barcos están acompañados por al menos tres submarinos nucleares también armados con Tomahawk, advierte la prensa árabe. Se une a esas fuerzas el submarino HMS Talent de la Marina Real británica, que cuenta con diez misiles de igual procedencia, ahora en aguas mediterráneas. Uno solo de estos medios puede provocar un desenlace apocalíptico en esa región convertida en un verdadero polvorín.
Los comicios sirios estuvieron matizados con la real amenaza de un auto ataque con armas químicas que se preparan para escenificar los terroristas del Frente Al Nusra, con asesoría y ayuda occidental, en la provincia siria de Idlib. Por tratarse de una zona muy cercana a la frontera siria con Turquía, el escenario involucra a otros actores como las milicias kurdas, y las fuerzas gubernamentales de Damasco tienen como aliado en el combate a la aviación rusa.
Ante la gravedad de la situación en Siria, los presidentes de Rusia, Vladimir Putin y de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, celebraron este lunes una reunión bilateral en la ciudad rusa de Sochi, donde acordaron crear una zona desmilitarizada de 15 o 20 kilómetros en la provincia siria de Idlib, para evitar bajas civiles y facilitar ayuda a la población de esa zona debido al inminente desenlace bélico.
Mientras, el poder mediático occidental ha dejado de un lado el proceso electoral sirio y poco se ha dicho sobre la masividad y fluidez del ejercicio democrático en los centros de votación.
Para no perder la costumbre, Washington y sus aliados ya han calificado las elecciones sirias como «no democráticas».
Que en medio de una guerra más de 6 500 centros de votación funcionaran, e incluso que muchos de ellos tuvieran que seguir abiertas horas después de lo previsto, por la cantidad de votantes que acudían, no es un «proceso fiable» de acuerdo con los patrones de Washington. Tampoco lo constituye que más de 40 000 candidatos compiten por 18 478 puestos en los Consejos de las Administraciones Locales en todas las provincias del país.
Recordemos que, en las últimas elecciones presidenciales, bajo el fuego de morteros de los terroristas, las filas de votantes superaron las expectativas hasta del propio gobierno. En esa ocasión, el actual mandatario Bashar al Assad, ganó la presidencia con el voto de 10 319 723 personas, un 88,7 % del total de sufragios, mientras Washington y otras capitales europeas cuestionaron los comicios y no reconocieron la victoria.
Esta vez, de igual forma, Siria aceptó el reto de celebrar elecciones en medio de una guerra de agresión y volvió a resultar vencedora.


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