Cuesta creerlo, mas es la pura verdad: en no pocas comunidades rurales, para no ser absolutos, se espera la cuota de huevos (y otros productos de la canasta familiar) con la misma ansiedad y desvelo con que lo hacen los habitantes de las ciudades más pobladas del país.
Alguien en tono jocoso, pero muy cercano al meollo de la cuestión, comentó en su momento que lo que urgía fomentar en los campos era la cría de gallinas criollas, una vieja práctica de los caseríos cubanos a todas luces perdida, como otras tantas, vaya usted a saber por qué motivos.
Lo cierto es que, como expresara un campesino ya entrado en años, tal situación puede revertirse si se abandona la práctica del «pichón», al que hay que darle todo en el pico y, en lugar de ser consumidores pasivos, los pobladores se viran para las tierras alrededor de las comunidades y las hacen producir.
Amén de la existencia de experiencias loables, aunque algunas no perdurables en el tiempo, tal realidad exige también una mirada diferente de las autoridades locales, dirigida a transformar el entorno socio-económico en que transcurre la vida de los hombres y las mujeres de la campiña cubana.
Ello contribuiría a disminuir el éxodo de familias hacia las cabeceras municipales y provinciales en busca de oportunidades para mejorar sus condiciones de vida, dejando atrás, tal vez para siempre, tradiciones, costumbres, maneras de hacer y habilidades propias del campesinado.
El asunto pasa, además, por la necesidad de generar motivaciones e incentivos para estabilizar la fuerza laboral, sobre todo en las unidades básicas de producción cooperativa, eslabón imprescindible en la materialización de los programas de desarrollo en marcha en las diferentes ramas del sector agropecuario.
Las carencias acumuladas, consecuencia también de una prolongada crisis económica que llevó a aplazar proyectos y aspiraciones, exigen ahora aglutinar esfuerzos para hacerles más llevadera la vida a los pobladores de las zonas rurales, de acuerdo con las posibilidades, iniciativas y gestión de los gobiernos locales.
Con el propósito de frenar y revertir gradualmente tal situación, cada año se destinan montos financieros millonarios en las provincias a la rehabilitación de esos asentamientos y a dar respuesta a quejas, insatisfacciones y planteamientos añejados con el tiempo por una u otra causa.
No hay que ser muy ducho para comprender, sin embargo, que las cifras asignadas distan bastante de poder dar solución de un golpe a tantos asuntos pendientes en materia de vivienda, suministro de agua, transporte, viales, electricidad y recreación, por solo citar algunos de los servicios básicos.
Lo importante, en este caso, es aprovechar al máximo cada centavo que se invierta en tales menesteres, no dispersar las acciones constructivas, y hacerlo con calidad, siempre a partir del carácter prioritario de aquellas comunidades cuyos pobladores más aporten a la sociedad en el orden productivo.
Experiencias locales han permitido corroborar que no todo depende de recursos materiales y financieros: en no pocos lugares faltan acciones integradoras que lleven a la adopción de alternativas o variantes para ofrecer a las personas respuestas y soluciones oportunas a sus reclamos.
Sería ilógico pensar entonces que los problemas pueden resolverse solo sobre la base de decisiones externas, sin el concurso y la más activa participación del vecindario, a sabiendas de que es el trabajo la manera más honesta y digna de lograr prosperidad individual y colectiva.
Se trata, pues, de generar atractivos perdurables en el tiempo que estimulen la incorporación y permanencia de los hombres y las mujeres del campo en labores útiles que contribuyan a la rehabilitación económica, social y cultural de las miles de comunidades rurales que existen en el país.


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Reynerio dijo:
1
2 de septiembre de 2018
17:09:06
Alfredo dijo:
2
14 de septiembre de 2018
10:53:46
jcpalomo dijo:
3
15 de septiembre de 2018
22:21:35
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