Como la muerte es parte de la vida, el que está vivo lo está hasta un día. Mal que nos pese, el adiós de los que amamos es, aun cuando todo marche viento en popa, una versión de la espada de Damocles que es mejor ni pensarla, pero no por eso deja de apuntar por igual a todas las cabezas.
La rueda acompasada de la existencia nos arrastra a esas vivencias dolorosas que, llegado el momento, sacuden fuerte y requieren que al menos el desenlace entrañe un proceder lo más digno posible.
De esos decoros que requieren los instantes desolados somos responsables los humanos, quienes sabemos de sobra que no solo bastan para reverenciarlos las buenas condiciones del espacio funeral, sino que se necesita ¡y mucho! de acciones y modales apropiados que carectericen a todas las personas que en semejantes lugares hallan su sitio laboral.
Acudí por estos días a una funeraria cuyo buen funcionamiento advertimos no pocos de los allí presentes. Espacioso el lugar, pintado y en extremo limpio, incluyendo sus alrededores, barridos casi hacia la media noche por dos mujeres que extraían el menor atisbo de suciedad, como algún vaso, o papel colado entre las plantas del jardín, antesala del inmueble.
A pesar de estar ocupadas varias capillas, muchos eran los sillones, cómodos y en buen estado, que se disponían en un salón general, sin que faltaran en las áreas más íntimas, reservadas para acompañar, poco antes del entierro o el crematorio, al fallecido.
Suficientes ventiladores paliaban el calor de julio, como para aliviar de algún modo el malestar que ya de por sí embarga al que, circunstancialmente, presencia estos espacios, intensos y traumáticos, a los que no quisiéramos nunca tener que asistir.
Pero nadie puede evadir el roce, alguna vez, con los funerales, tristes pero imprescindibles en el curso de la vida, paso previo de la justa sepultura que todo ser merece tener.
Mientras transcurrió el velorio ninguna situación desfavorable, de esas que disgustan a los presentes –que ya de por sí pasan por un mal trance– tuvo lugar. Lo inadmisible vino con el carro fúnebre, conducido por un joven que tenía, él mismo, la misión junto a otro que lo acompañaba, de trasladar el féretro hasta el interior del auto.
Quienes estábamos en el portal lo vimos bajarse del carro y entrar como una flecha, sin un «buenas noches» que habríamos agradecido y que se impone, como mero indicio de educación formal, en quien tiene el designio de «llevarse» para siempre de nuestro lado a quien hemos estado rindiendo tributo. El familiar cercano, con toda seguridad nunca olvidará ese instante en que la separación definitiva estruja con más fuerza el corazón y se acerca el desenlace.
En pocos minutos ya había sucedido la operación de colocar el ataúd en la carretilla, la cual no debe ser vista como un artefacto más que se aparta en un rincón del inmueble; sino una utilísima provisión, que no debiera faltarle una manito de pintura. Todo nos habla en ese instante y todo esmero es poco para honrar con el debido celo al ser querido.
Correspondía entonces situar la caja mortuoria sobre el carro fúnebre y para ello el joven indicado abrió con fuerza la puerta trasera y colocó, con total descuido y provocando un ruido áspero, un hierro que la sostendría abierta.
Después todo duró un segundo. Acomodar el sarcófago, cerrar la puerta y montarse en el auto fue la misma cosa. No es de rapidez y destreza en la actividad cotidiana de lo que hablamos en este punto, sino del ademán negligente, como si se tratara de acomodar una estiba, que no puede bajo ningún concepto acompañar a quien tiene un encargo que requiere en sí, de una alta dosis de acato, por razones obvias.
El fin del cuento fue una embestida frente al timón, y un ruido estrepitoso provocado por la velocidad con que abandonó el sitio para dirigirse al crematorio. Las miradas cruzadas de los presentes hablaron del impacto desagradable de un actuar que echa por tierra las buenas impresiones sobre el servicio necrológico que podría uno llevarse a casa, si sumamos las condiciones antes descritas que posee el inmueble.
No puede admitirse que conductas semejantes, tal vez ni discutidas al interior del equipo laboral, ultrajen por partida doble a quienes solicitan el servicio y a los que se empeñan en que funcione como tiene que ser. Ser solemnes en la ocasión es –como cada trabajo requiere el suyo– requisito indispensable del oficio, no un favor que se les hace, por caridad, a los dolientes.
Acciones concretas como el remozamiento de las funerarias (en estos momentos muchas de ellas están siendo reparadas) no pueden ser saboteadas por prácticas de este tipo, que mancillan los nobles propósitos de entidades y personas comprometidas con su desempeño. No está completo el servicio si hay indolencia en quienes muestran su cara y siendo el componente humano infaman la cortesía que precisa esta sentida ceremonia.


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Luis German Gonzalez Santiesteban dijo:
1
25 de julio de 2018
09:17:52
Julio Cesar dijo:
2
26 de julio de 2018
21:38:50
Sergio Reyes dijo:
3
29 de julio de 2018
16:45:05
la cienfueguera dijo:
4
30 de julio de 2018
10:33:59
ntq dijo:
5
10 de agosto de 2018
14:17:15
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