No porque mucho se haya batallado en el país por educar a todo el que ha abierto sus ojos en él, ni porque el bienestar de su gente sea prioridad permanente de las instituciones que lo dirigen, podemos acallar las malas conductas, sobre todo si no solo incumben al que las ejecuta. Tampoco consuela que el asunto del que tratan estas líneas sea un caso más o menos aislado, por tanto, no siempre atestiguado por las personas que suben a un ómnibus capitalino.
Sucesos de verdaderas contrariedades están teniendo lugar, sin que se trate de novedades en el escenario habanero, y pretendan instalarse como hechos sin importancia. Las indisciplinas protagonizadas fundamentalmente por adolescentes en los ómnibus –espacios públicos, aunque restringidos, que ya de por sí generan tensiones al no haber los suficientes, y ser además el transporte usado por la mayoría– constituyen absolutos insultos a la población que por necesidad tiene que abordarlos.
¿De qué insolencias hablamos?, pues veamos. No ocurren si alguno de estos muchachos, por separado, aborda la guagua. El asunto se da en grupos, donde las «gracias» del –o los– líder(es) negativo(s) se celebra a raudales y en cuyas circunstancias resulta mucho más fácil seguir la rima de la «proeza», mientras más soez mejor. La cuestión es ver quién grita más, quién lanza la ofensa más dura, quién manifiesta con más ímpetu ser el «bárbaro» que más obscenidades profiere, con todas las letras y recursos paralingüísticos que lleva la selección de improperios, los que, habiendo acabado de decirse, tienen listo el siguiente en la punta de la lengua.
Los insultos, expresiones pasadas de tono, bromas pesadas, explicitaciones de situaciones íntimas, y a veces hasta de pasajes delictivos en los que han participado –ya se sabe que no todos los jóvenes tienen el comportamiento para el que han sido formados por la escuela, la sociedad cubana y la familia– no solo se proyectan al supuesto grupo que protagoniza la vergonzosa escandalera; pueden dirigirse –y de hecho lo hacen– sin el menor escrúpulo a cualesquiera de las personas que, incómodas y atemorizadas, comparten el escenario nada agradable, sino en extremo espeluznante.
Personas agotadas, que vienen del trabajo, o felices, bien porque regresan de algún sitio placentero o porque tomaron el ómnibus rápidamente, pueden verse de pronto en presencia de una hostilidad que no tienen por qué presenciar y que estamos en el forzoso deber de combatir.
Los grupos de marras tiene su propia estrategia. Dueños de estilos desafiantes, suben al ómnibus, al que tienen derecho, pero no les pertenece, como quien entra a una orgía. La algarabía, rociada a veces con bebidas alcohólicas, acompañada casi siempre de cajitas de música, con un contenido que por cortesía elemental omitimos, pero que desgraciadamente todos podríamos citar, cuenta con otro elemento, acaso de los más invasivos: los golpes sobre asientos y paredes de la pobre guagua, que como cuero de tambor soporta, junto a la multitud ensordecida la histeria ajena.
Olvidan, si es que alguna vez lo advirtieron, que el ómnibus está siendo conducido por un ser que tiene la responsabilidad de proteger la vida de cientos de personas que abordan el vehículo, y para ello requiere un mínimo de concentración, la que ya de por sí se afecta ante el menester de tratarse de un medio de transporte público, que implica paradas, cobros y relaciones interpersonales que tienen lugar durante el itinerario.
¿Qué no será posible cuando el chofer maneja en condiciones como las descritas, con bullicios semejantes, que hasta pueden distorsionar sus naturales alertas contra el tráfico exterior? ¿Qué estado anímico puede embargar a un conductor que sabe que lleva en su «territorio» a semejantes individuos?
¿Qué sucedería si además de llevar sobre sí la responsabilidad de la vida de los pasajeros, se dispusiera a enfrentar verbalmente a estos sujetos? ¿Qué garantía tiene de poder controlar la situación al voltear el cuerpo y reacomodarse ante el timón?
Otras preguntas también se imponen. ¿Cómo realiza su viaje el ciudadano común, el que respeta y predica la decencia, al compartir inconveniencias similares? ¿Cuántos problemas puede generar la llamada de atención, desoída e increpada, por un grupo envalentonado? ¿Es responsabilidad del pasajero enfrentar la arremetida de entes irrespetuosos? ¿Conseguiría controlar la situación?
No imagino a mi país poseído por retoños indolentes que vean en estas conductas la norma de la alegría y la euforia. Con certeza se trata de rutas bien específicas, fundamentalmente en horarios nocturnos, de modo que no es tendencia, sino un hecho bien focalizado, lo cual es ya una buena parte de la solución.
No puede aceptarse que situaciones de este tipo frecuenten nuestros ómnibus, que insuficientes aún y no siempre confortables, son los que nos llevan al trabajo, al hospital, al encuentro con los amigos, lo mismo para festejar que para compartir la adversidad.
Enormes esfuerzos que cuestan caro al país procuran y dejan ver la mejoría en el transporte público urbano, que seguiremos necesitando y debemos como seres civilizados cuidar. La urbanidad tiene que ser una máxima inquebrantable en un país que hace tanto por su gente y por su cultura.
Quienes no sepan comportarse en los espacios públicos tienen que ser sancionados. La paz, de la que es bandera nuestra Isla, es también el respeto a la tranquilidad y a la seguridad, lo mismo si se camina por las calles que si se aborda cualesquiera de nuestros ómnibus. Conductas así la quebrantan y atentan contra la felicidad de un pueblo que ni las aprueba ni las merece.


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Edel Esteban Correa Mijares dijo:
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16 de mayo de 2018
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Julio Cesar Respondió:
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nelson dijo:
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cesarv dijo:
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16 de mayo de 2018
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Adrián dijo:
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16 de mayo de 2018
09:37:54
Iván Luis Falcón Ramírez dijo:
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16 de mayo de 2018
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rolando estevez dijo:
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loriet dijo:
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Noel Alvarez Rivera dijo:
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yuley dijo:
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Héctor dijo:
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karel Alexei Leyva dijo:
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Revenge dijo:
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cesarv dijo:
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jpuentes dijo:
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diego dijo:
20
17 de mayo de 2018
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