Viral, la noticia se propagó como pólvora y el mundo sin creerse que era cierta la muerte del hombre responsable por nuestro viaje de ida a Macondo. Y se cumplieron ya cuatro años.
No recuerdo con exactitud cuándo por primera vez me acerqué a ese lugar de luz. Bien pronto descubrí que era un punto de reencuentro con uno mismo, un estado del alma donde la paz y la guerra, la compañía y la soledad no estaban lejos de lo anhelado.
La obra de García Márquez no es un último recurso para ser felices, pero es un camino seguro, aunque se trastoque por momentos con un amargo sabor en los labios, ese que deja la bien llamada «amarga felicidad».
Alguien dijo una vez que se podía impedir que un autor publicara pero no que fuera escritor. Ser escritor deviene condición intrínseca con la que se nace y no se muere porque trasciende a las cualidades netamente humanas vinculadas a un tiempo limitado en el mundo de los vivos.
Unas pocas personas salvan el mundo. Acaso sin demasiada planificación, terminan rescatándonos a todos del tedio que supone levantarse cada día para hacer las mismas cosas. Los escritores, por ejemplo, nos dibujan mundos que ya conocíamos con distinto nombre, pero es tan cuidadoso su esmero, que pasan delante de nosotros las imágenes aprendidas y ni percibimos las pistas idénticas. Termina uno haciéndose la idea de que aquello es algo muy nuevo.
Muy a mi pesar Gabriel García Márquez y yo jamás coincidimos en ningún espacio vital, si bien él visitó incontables veces esta Isla. Será ese un sueño que ya no podré cumplir… al menos no de forma tangible, pero sí cada vez que visito Macondo, uno de los términos más recurrentes en su obra.
Un punto álgido en su vida fue la muerte de su abuelo. El recuerdo del coronel lo acompañó por siempre, aunque demoró bastante en colocarlo en una de sus obras de ficción. En una entrevista, el escritor refiere que decidió irse a Bogotá por la situación económica de su familia. Allí se inició como escritor, aunque los comienzos no fueron cosa simple, pues primero tuvo que andar por los pedregosos senderos de la incomprensión de la que no escapa quien trabaje con elementos tan subjetivos como los pensamientos y la imaginación.
Es probable que la soledad y la nostalgia que empezó a experimentar fueran los cimientos de toda su creación.
Yo sentí en mi piel el luto vitalicio de Amaranta Buendía y vi, con estos ojos, la ascensión de Remedios, la bella. Mientras escribo evoco al coronel de triste figura que esperaba con ansias una carta que jamás llegó.
Recuerdo la implacable voluntad del senador Onésimo Sánchez, dispuesto a morirse con Laura Farina en aquel pueblecito furtivo y alejado de los adelantos, cuyo nombre parecía una ironía, triste, sin rosas era Rosal del Virrey.
Pienso en los estados de aparente calma del coronel Aureliano Buendía, en el ahogado más hermoso del mundo, en Isabel observando la lluvia en aquella ventana, en Florentino Ariza: padeciendo de amor aunque para otros estaba enfermo de cólera.
Rememoro la tristísima historia de Santiago Nassar… todo el pueblo sabía que estaba anunciada su muerte menos el propio Santiago y ni las premoniciones de su madre pudieron salvarle. Recuerdo a Ángela Vicario, en el reencuentro con Bayardo San Román.
En la penumbra de una rosa amarilla hoy visto también de luto y ya no busco noticias que me «acerquen» a él ¿Para qué? Me quedan sus textos pero de igual forma, el mundo amante de la buena literatura, irremediablemente, ha quedado con menos luz.


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Héctor dijo:
1
2 de mayo de 2018
10:26:46
florentino Respondió:
3 de mayo de 2018
15:46:28
florentino dijo:
2
2 de mayo de 2018
12:19:27
Lucifer dijo:
3
2 de mayo de 2018
12:28:48
Lucifer dijo:
4
2 de mayo de 2018
12:30:48
Ezequiel dijo:
5
2 de mayo de 2018
17:09:30
víctor romero Respondió:
12 de mayo de 2018
19:07:47
Rigo dijo:
6
2 de mayo de 2018
22:03:50
Oscar Rodríguez Leguisa dijo:
7
8 de mayo de 2018
19:52:03
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