«Para decir el lema, uno, dos y tres»… entonces se lanzaba la consigna coral del grupo o de la escuela. Decir el lema alto y sin faltar el acoplamiento de voces era sinónimo de organización y buena disciplina.
Pero recuerdo que en mis años de estudiante mientras se decía el lema sucedían muchas cosas. No pocas veces volaba un taco desprendido de un par de ligas, a alguien le ponían una trampa en el asiento, o le colgaban una cola de mono.
Casi nunca pensábamos en el mensaje del lema que nos hablaba justamente de mayor disciplina, estudio o promoción; más bien en el albergue u otro espacio fuera del alcance de los profesores, el lema era transformado en un texto que movía a la risa y la irreverencia.
Creo que hubo lemas históricos, consignas que se convirtieron en verdaderas fuerzas movilizativas de miles de jóvenes.También los hubo que fueron actos formales que no movieron ni el pensamiento ni los sentimientos.
Es ahí donde radica uno de los peligros mayores de la educación: el formalismo que solo presta atención al acto externo. El asunto es que no solo importa lo que se dice, sino lo que se piensa de verdad.
En lo que se medita a solas con la conciencia radica el reino de las convicciones, de los móviles profundos de la conducta. La exageración de lo externo de un comportamiento, la falsa unanimidad, la línea ordenada de una formación, el acto masivo de la mano alzada, y otras tantas, pueden esconder múltiples simulaciones.
Un claro antídoto para disminuir los riesgos de falsas actuaciones está en abrir paso a la cultura de la sinceridad, en desarrollar un pensamiento crítico que se convierta en crítica al propio pensamiento, analizar los problemas desde distintas aristas, reconocer que la verdad es un acto de construcción colectiva.
No es lo mismo dar respuestas que enseñar a pensar, a escudriñar la realidad, a escuchar el criterio del otro que también necesita un espacio de confianza, un lugar para la iniciativa y el acto de creación.
Las cifras, los números y los balances cuantitativos son necesarios para cualquier estudio de la realidad. Pero la subjetividad de los seres humanos adquiere tal complejidad que no admite el enfoque de los dogmas y esquematismos.
Si no tenemos en cuenta esas realidades, todo lo que proyectamos como trabajo político e ideológico, por citar un ejemplo, cae en el saco de la apatía y el formalismo inútil. El llamado círculo político se convierte en un ejercicio del que hay que salir porque «es una orientación que viene de arriba».
Es necesario promover la cultura que haga posible una discusión auténtica sobre cualquier asunto. Nos podemos llenar de planes de acción pero sin la mínima acción para cumplir con el deber que nos corresponde como trabajadores o ciudadanos.
Por eso, para defender la autonomía de las personas, necesitamos un pensamiento que nazca de la duda, la pregunta, la diversidad, el acto político que defienda la libertad espiritual y la justicia como bien común. Y todo ello sin olvidarnos de la advertencia de Herman Hess en esa tremenda obra que es el Lobo Estepario: «En el alma de un hombre hay mil almas».
Las consignas vacías no son un camino de liberación personal, tal vez tan solo sean una vía para alimentar la enajenación que nos aleja de la auténtica expresión humana.
Un personaje del Principito, el Farolero, solo tenía una consigna: encender un farol para servir a los demás. Tal vez la consigna más difícil sea el llamado a encender un farol que nos ilumine desde adentro.


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clara rosales oliva dijo:
1
26 de abril de 2018
12:55:18
J Cesar Respondió:
27 de abril de 2018
10:37:19
patiflaca dijo:
2
26 de abril de 2018
13:58:15
Mimisma dijo:
3
26 de abril de 2018
15:10:11
la cienfueguera dijo:
4
27 de abril de 2018
08:32:29
Nelson dijo:
5
2 de mayo de 2018
11:28:44
Roxanasilva dijo:
6
7 de mayo de 2018
08:53:05
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