Me puse a ver una película que, de tan mala, seguí viéndola para comprobar hasta dónde podía llegar el cúmulo de sus impericias.
Historia sosa tomada muy en serio por su director, diálogos reiterativos, decorados que amenazaban con venirse abajo al primer estornudo, escenitas de sexo sin un mínimo de simulacro erótico, tiros a raudales y actuaciones tan lejos de ser consideradas que movían a la risa.
Películas similares las suelo «tumbar» antes de que alcancen los cinco minutos en pantalla, esta, sin embargo, la dejé rodar movido por un ánimo de indagación vinculado a una tendencia que ha venido tomando auge en los últimos tiempos: convertir las películas muy malas en buenas… para reírse de ellas.
El asunto no tiene nada que ver con las hoy consideradas películas de culto filmadas por Ed Wodd a ritmo de inspiradas torpezas y, en menor medida, las del mexicano-español Juan Orol, o aquellos filmes de ciencia ficción de los años 50 pletóricos de monstruos y naves espaciales a los que es preferible recordar envueltos en el mismo halo romántico que nos invadió en aquellos días (y pasar así por alto el trucaje de poca monta, en ocasiones imposible de ser disimulado por las cámaras de entonces).
Tampoco se refieren estas líneas a los premios Frambuesas entregados en Hollywood –en coincidencia con los Oscar– a lo peor del año, y uno de cuyos máximos acaparadores ha sido Sylvester Stallone. Se trata entonces de películas concebidas por sus directores (las antes mencionadas igualmente) con el ánimo de triunfar en la gran cartelera, pero que terminaron ganando el aplauso de un público ávido en aglomerarse en los cines para burlarse en colectivo de ellas.
El término «burla», vinculado con el arte, no resulta en lo absoluto estimulante, pero es un hecho del cual dan fe cintas como The Room (Tom Wiseau, 2003) rodada a un costo de 6 millones de dólares y considerada por no pocos críticos como la peor película de la historia.
El filme cayó en manos de los cultivadores del cine malo que no faltan en diversos países y hasta celebran sus convenciones, a las que acuden disfrazados de los personajes impugnados y con diálogos aprendidos de memoria para lanzarse al ataque bajo la máxima ( según Carlos Palencia, director de cinecutre.com) de que «ver en soledad películas malas es insoportable, pero verlas en compañía de gente que ríe a carcajadas y disfruta los comentarios y chistes en voz alta es una experiencia extraordinaria».
Un público diferente que, organizado en las redes sociales, sale a cazar filmes que muevan a la risa sin pretenderlo y para el que encontrar una película peor a la anteriormente vista es un pretexto que le permite organizar «fiestones de desquites».
Un público que, sin embargo, le hizo recuperar al actor, escritor y director de The Room el presupuesto invertido en su bodrio, y hasta obtener un dinerito extra. Un Tom Wiseau que, convertido en estrella de nuevo tipo, no ha tenido recato en insinuar que hizo su película tan mala con la mayor intención.


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Arquero dijo:
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23 de febrero de 2018
10:25:16
Salustiano Respondió:
23 de febrero de 2018
20:52:26
Salustiano Respondió:
24 de febrero de 2018
19:34:30
Aram Joao Mestre León dijo:
2
23 de febrero de 2018
13:21:18
rolando pérez betancourt dijo:
3
23 de febrero de 2018
15:24:51
mercy dijo:
4
25 de febrero de 2018
20:20:51
Aram Joao Mestre León dijo:
5
26 de febrero de 2018
08:20:52
Mercedes Rosado dijo:
6
26 de febrero de 2018
09:53:47
Carlos Castellon Brito dijo:
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26 de febrero de 2018
09:54:06
Mimisma dijo:
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26 de febrero de 2018
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Mimisma dijo:
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26 de febrero de 2018
10:18:31
nery dijo:
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26 de febrero de 2018
11:23:25
rolando pérez betancourt dijo:
11
26 de febrero de 2018
18:18:57
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